ANDARES POLÍTICOS: Austeridad republicana, ¿o “chabacana”?



Benjamín TORRES UBALLE

Uno de los pilares del próximo gobierno es la “austeridad republicana”, al menos así lo ha publicitado una y otra vez el presidente electo. Los líderes de las bancadas morenistas en el Congreso, intentan que así sea; en el Senado ya anunciaron con bombo y platillo que se terminó el derroche en la compra de galletas, botellas con agua y café. También redujeron el gasto para la contratación de asesores, personal de confianza y ayuda en ciertos rubros innecesarios, como la que se otorga al personal sindicalizado de la sede para su fiesta de fin de año.

Pero al final, los legisladores buscan la querencia, como se diría en el argot taurino. La enorme mayoría de senadores y diputados desean serlo por los amplios beneficios económicos que se derivan de esos puestos públicos. En esto radica el atractivo. Una tarea donde se trabaja muy poco y se obtienen ingresos que, difícilmente con sus capacidades, lograrían en otro lugar.

La voracidad de los señores integrantes de ambas Cámaras, no se disimula. Nada tiene de diferente respecto a quienes conformaron legislaturas anteriores. Están acostumbrados a despacharse con la cuchara grande de los recursos del presupuesto y en el mayor de los cinismos intentan disfrazarlo como un hecho normal. Quizás esto último pueda serlo, pero en lo que no hay duda alguna es en el aspecto moral. Es ofensivo que por cuatro meses de “arduo trabajo” legislativo, cada diputado se vayan a embolsar 46 mil 834 pesos netos por concepto de aguinaldo. Es decir, lo que un trabajador con salario mínimo tardaría casi 18 meses en ganar. Es una imperdonable ofensa hacia el “pueblo”.

Desde luego que el abuso no queda únicamente en la exorbitante cantidad de aguinaldo; cada uno de los 500 diputados recibirá también a fin de año: 74,672.00 pesos por dieta de diciembre; 45,786.00 correspondiente a asistencia legislativa (¿?); 28,772.00 para atención ciudadana (¿?) y 12,787.00 como inexplicable “apoyo de fin de año”. Todos los conceptos suman 208,851.00.

Así que la dichosa “austeridad” es poco menos que una tomadura de pelo, disfrazada de promesa de campaña. Todo indica que se están “cuidando” los centavos en lugar de los pesos. Aunque Andrés Manuel López Obrador tenga las mejores intenciones de terminar con los nefastos vicios para hacerse de vastos recursos del presupuesto, en la práctica sus huestes no parecen dispuestas a seguir sus instrucciones. Hay grandes resistencias para erradicar una práctica ancestral.

Y el dinero, como la edad, resulta imposible ocultarlos. Darse la gran vida es una praxis común y corriente en la deleznable y frívola clase política de nuestro país, antes, durante y después de ejercer el poder. Los ejemplos son innumerables, el más reciente lo acaba de regalar sin inhibición alguna César Yáñez, el hombre más cercano a López Obrador, que le colocó un pesado lastre a la imagen del tabasqueño, aunque éste, enfadado, se escude en el simplón “yo no me casé”.

Como sucede siempre -cuando los gobernantes quieren hacer caravana con sombrero ajeno-, a quienes están apretando el cinturón es a los burócratas de sueldos menores cuyos jefes desde ya están pidiendo reducir sus respectivos sueldos; salarios que en muchos casos no superan los 10 mil pesos mensuales. Las simpatías por AMLO en ese sector laboral se están tornando a negativas. No se debe “apretar” a quienes a duras penas sostienen a sus respectivas familias. Y alguien debe decírselo al líder de Morena si acaso desconoce lo que está sucediendo en la Sedesol, por ejemplo.

Mejor, la “austeridad republicana” debe enfocar decididamente las baterías en los sueldos, prestaciones y jubilaciones de los señores ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, del Inegi, del INE, de los órganos autónomos y de los integrantes del Gabinete que, en pocos casos están dispuestos a “hacer el favor” de reducir el presupuesto del próximo año, pero de ninguna manera sus cuantiosas percepciones y prebendas que reciben por la sinecura de impartir justicia o de “mover a México”.

Hoy, los ciudadanos, aquellos que votaron por AMLO, comienzan a ver cómo, aun antes de llegar a la Presidencia, las promesas de campaña se empiezan a desvirtuar y otras, definitivamente, son desterradas a la zona de lo imposible. Por lo pronto, ya dijeron que la gasolina no va a bajar de precio, el gas LP, tampoco; del muro en la frontera todavía no le han subrayado al aferrado Trump que México no pagará esa locura; la construcción del nuevo aeropuerto de la CDMX va viento en popa y es difícil que se cancele, aunque la prometida cancelación se pretenda esconder en la farsa de una consulta. Mucho trabajo le espera al próximo presidente de México; las resistencias al interior de su equipo no son pocas y las externas arreciarán en cuanto asuma el poder.

Faltan 54 días para que le coloquen la banda presidencial a don Andrés Manuel López Obrador y ya vemos como algunos de sus allegados le han dado dolores de cabeza al no respetar la “austeridad republicana”; en algunos casos las exhibiciones han sido tan grotescas que más bien es una especie de “austeridad chabacana”. Ojalá López Obrador meta orden en el dispendio y empiece por frenar los excesos en San Lázaro, aunque haya dicho que será respetuosa de los otros poderes. Pero tiene aplanadora en el Congreso y puede y debe hacerlo.

@BTU15

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Categories: Columnas

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