ANDARES POLÍTICOS: Congreso: de la inmoral opulencia, al ridículo modo “Tupperware”



Benjamín TORRES UBALLE

Desde que uno entra a las instalaciones del Senado de la República o de la Cámara de Diputados, se respira el aire característico que impregna a la clase política del país. Los señores legisladores, salvo alguna extraviada excepción, se esmeran en las apariencias, en exhibir públicamente sus lujos, sus costosos trajes, relojes de marcas exclusivas, corbatas cuyo precio supera en mucho el salario mínimo mensual de un trabajador; los finos zapatos, importe del cual, una familia de escasos recursos fácilmente podría alimentarse medio año. Ah, las camionetas y autos son un tema aparte.

Pero hoy, esa ostentación y arrogancia rivaliza con la austeridad republicana que, al menos en el discurso, pretenden, a regañadientes, implantar diputados y senadores de Morena, el partido del presidente electo. Está visto que la transición no abarca sólo materia política, todo indica que pretende llevarse hasta los asuntos más nimios, como el de la comida, el cual nada tiene de relevante en las discusiones de interés nacional que deben llevarse a cabo puntualmente en los recintos legislativos.

Es verdad que el dispendio de recursos públicos en el Congreso es y ha sido una constante. La cantidad derrochada cada año por la compra de botellas con agua, bocadillos, galletas, café y fruta para atender a los exigentes legisladores, es un insulto a los exprimidos contribuyentes. Sin embargo, de que obligadamente se racionalicen tales gastos, a pasar a la mendacidad del Tupper, no parece sino una demagógica medida, donde se cuidan los centavos y se despilfarran los pesos.

Martí Batres, el presidente morenista del Senado, posteó el reciente lunes un video en su cuenta @martibatres donde muestra el “tupperware” que lo ha acompañado en los últimos años y, desde luego, el fondo es que publicita su costumbre de comer sin cargo al erario. El hecho no está mal. No obstante, el ahorro que se obtendría si se eliminan las comidas que se pagan a los senadores –onerosas de por sí- es sólo una parte ínfima de los excesos que se pretenden erradicar.

La resistencia a terminar con las bondades que proporciona una curul, no será en modo alguno sencilla de suprimir. La tarea parece titánica. Hoy no imaginamos a senador o diputado de la aristocracia dejando la suburban blindada, y sus guarros para viajar en el Metro o el Metrobús o ya de perdida en bicicleta como lo hace para efectos mediáticos otro legislador de alcurnia: Ricardo Monreal Ávila, coordinador de los senadores morenistas, quien tiene su domicilio en la colonia San Rafael, muy cerca de la sede senatorial ubicada en Reforma e Insurgentes.

Ante la urgencia de legitimar la promesa de López Obrador en el sentido de terminar con abusos de los recursos públicos, la huestes morenistas, en especial sus dirigentes en el Congreso, intentarán recortar de donde se pueda, aunque para ello incurran en ciertas exageraciones. Es difícil, como ciudadano, oponerse a que lo hagan. Empero, donde deben concentrarse, es en las cuantiosas sumas que reciben las bancadas como parte de un generoso y opaco portafolio de prerrogativas.

Realmente a la sociedad le tiene sin cuidado si los legisladores comen en los restaurantes más exclusivos de la Ciudad de México –que los hay, y excelsos-, claro, si la cuenta es pagada con recursos personales o si llevan comida desde casa en algún recipiente de plástico, incluso, si deciden tomar sus alimentos en alguno de los modestos comedores impulsados por López Obrador cuando fue jefe del gobierno capitalino. Lo relevante es que dejen de vivir como parásitos y aporten al país.

México, en general, ha sido un apetecible botín inagotable para la clase política. Desde los puestos públicos, la corrupción ataca ferozmente a la población. Nadie se salva, está absolutamente democratizada. Cuanto político arriba al poder, se convierte en uno más de los depredadores del erario. Las complicidades, compadrazgos, intereses y, particularmente la falta de honestidad, se han convertido en un negocio seguro y lucrativo para cada afortunado “representante” del pueblo.

Sí, resulta obligado otorgar el beneficio de la duda a la nueva legislatura –de abrumadora mayoría morenista- que se apresura a obedecer las órdenes de AMLO para cesar el despilfarro ancestral en la Cámara de Diputados y el Senado. Por lo pronto, legisladores de Morena en San Lázaro presentaron este martes la iniciativa de Ley de Austeridad Republicana para cancelar las pensiones a los expresidentes del país –una de las promesas de campaña de López Obrador-, así como los seguros de vida y de gastos médicos mayores a todo funcionario, entre otros privilegios.

Por supuesto que no se trata de que legisladores y servidores públicos realicen su labor en condiciones de indigencia, pero sí en el entorno de sobriedad y eficacia que reclama una nación llena de pobres donde la desigualdad es ofensiva y lastima de manera permanente a los sectores más vulnerables. Esto no puede seguir en pleno siglo XXI, menos cuando el sistema genera cada sexenio nuevos ricos y una multitud de pobres que sólo sirven en tiempos electorales.

Bienvenida la austeridad republicana si es real, si no es únicamente un insultante maquillaje político con fines de perpetuarse en el gobierno, de aparentar un cambio superficial y abyecto. México no desea vivir otro pasaje oscuro como el que hubo de padecer con el regreso del “nuevo” PRI. Hoy la sociedad es crítica, participativa y madura, a la cual ya es imposible “darle atole con el dedo”.

@BTU15

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Categories: Columnas

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