ANDARES POLÍTICOS: La guerra soterrada en México



Benjamín TORRES UBALLE

Durante su campaña a la Presidencia de la República, Vicente Fox prometió terminar con el conflicto entre el gobierno y el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en Chiapas tan sólo en 15 minutos. Eso aconteció en el año 2000. Hoy, esa entidad —una de las más pobres de México— aún padece los estragos de una violencia que parece no tener fin. Las disputas entre comunidades y los eternos cacicazgos avivan esa violencia en el marco de un evidente desinterés e indolencia de los gobiernos estatal y federal.

Lo anterior viene a colación por las declaraciones de Andrés Manuel López Obrador, el pasado 2 de enero, en Izamal, Yucatán, en las cuales afirmó: “A mitad de sexenio ya no hay guerra y vamos a tener ya una situación totalmente distinta, vamos a reducir los índices delictivos, ese es mi compromiso”. En tres años, el dueño de Morena, si triunfa en las elecciones presidenciales, garantiza una República donde se termine el infierno de la violencia que aterroriza a la nación.

Y para que no queden dudas, el tabasqueño ratificó su oferta el Día de Reyes, en Tezonapa, Veracruz: “Es muy grave la situación de inseguridad que prevalece en el país, hay una guerra soterrada, no declarada, pero hay una guerra en México; eso es lo que no quieren aceptar los del gobierno”. Y agregó: “Nosotros vamos a detener la guerra, vamos a parar la guerra, vamos a conseguir la paz”.

Más allá de las filias y fobias que despierta López Obrador —en las cuales no tomamos partido—, el ex priista pone el dedo en la llaga, misma que ha crecido y que amenaza irremediablemente con gangrenarse. Actualmente la mayor preocupación de los mexicanos es la inseguridad, que a toda hora y en cualquier lugar se manifiesta cobrando un elevado número de víctimas. La incapacidad gubernamental para frenarla es constatada todos los días por la población.

Ahora bien, el problema de la violencia, que ha rebasado al gobierno desde la época de Felipe Calderón, y se ha exacerbado en la administración peñista, está a la vista de todos. El Peje no descubre nada nuevo. Simplemente nos remite a la mayor calamidad que la sociedad padece y ante la cual observamos el comportamiento pusilánime e ineficaz de las autoridades responsables.

Pero así como Fox incumplió su compromiso de acabar en 15 minutos el conflicto con el EZLN en territorio chiapaneco, surge la muy natural duda de si Andrés Manuel cumpliría su palabra de pacificar el país en tres años si llega a Los Pinos. Nada nos daría más gusto que así fuera. Hoy, en México sobran tres cosas en este orden: violencia, corrupción y pobres. Si el líder de Morena elimina la primera, habrá pasado a un lugar importante en la historia moderna del país. Pero la palabrería en épocas electorales es vasta y llega a ser convincente, aunque luego enferme oportunamente de amnesia.

En tiempos previos a las elecciones se encuentran las más inverosímiles y disparatadas promesas de los candidatos a ocupar un puesto público, las que sean, con tal de obtener los anhelados votos de los electores. Si sumáramos las demagógicas ofertas de quienes aspiran a vivir cómodamente de nuestros impuestos, seguramente hallaríamos en ellas la solución a los complejos problemas que tienen sumido a México en el perenne y asfixiante subdesarrollo.

De los contendientes políticos, unos juran que sacarán a la nación del perpetuo atraso en que está postrada desde hace muchas décadas. Otros aseguran que terminarán con la profunda corrupción gubernamental. Y no falta aquel que nos pinte un panorama paradisiaco, donde haya trabajo bien remunerado para todos. Los más osados —o más demagogos— afirman que ya no dependeremos de los Estados Unidos para exportar nuestros productos, ni de los miles de millones de dólares en remesas que nuestros paisanos envían desde aquella nación. Es decir, una especie de Disneylandia.

De ahí el escepticismo ante el planteamiento de don Andrés Manuel, un precandidato que al final no es diferente al resto de sus compañeros de profesión. Esencialmente, el Rayito de Esperanza es un político y su labor es convencer mediante cualquier propuesta. Además es, desde hace años, integrante de la repudiada clase política que se beneficia a expensas del erario aportado por los mexicanos. Sabemos que un político no busca el beneficio de quienes sufragan por él; su objetivo primordial es beneficiarse y, en todo caso, beneficiar a su grupo y procurar permanecer en el poder.

No debe asombrar, por lo tanto, que Andrés Manuel López Obrador ofrezca terminar con la “guerra soterrada” que, según él, se niega a reconocer el gobierno del presidente Enrique Peña Nieto. AMLO está en su derecho inalienable de ofrecer lo que pueda endulzar el oído a los electores. Es parte de la estrategia que busca llevarlo a la Presidencia. No obstante, quienes decidan votar el próximo 1 de julio también cuentan con el mismo derecho para creerlo o no. Cada quien decidirá lo oportuno.

@BTU15

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Categories: Columnas

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