COLUMNA DE CIPRIANO: Las naciones oaxaqueñas



Cipriano FLORES CRUZ

A los científicos sociales nos cuesta trabajo interpretar los imaginarios sociales, la conciencia colectiva, el cemento de cohesión de los pueblos, en suma su espíritu, su alma. No es fácil, es un ir y devenir en la historia, es darle cohesión lo que se presenta sin hilo, sin conexión, sólo el poder de la palabra puede expresar la idea, la coherencia, el hilo conductor que no se muestra en lo inmediato.

Nos cuesta trabajo sostener que este ejercicio sólo es posible si se está imbuido de su naturaleza, del nacer de sus hábitos, de sus tradiciones, de sus usos y costumbres, de respirar y exudar la naturaleza de los pueblos, sin embargo, debemos de reconocer que esta es una verdad. La compresión nace de la profunda praxis comunitaria y posiblemente no de otra manera, por lo menos no de otra manera objetiva.

La comunidad como realidad social y la comunalidad como su filosofía, son senderos que nos abren explicaciones que las ciencias europeas no pueden ni quieren reconocer como válidas. Cuestionan cada categoría, cada concepto elaborado desde la praxis comunitaria. Las construcciones científicas sobre la sociedad y de sus instituciones son acciones revolucionarias de los miembros de las comunidades, son rompimientos epistemológicos de grandes consideraciones.

Vivir y abrevar, abrevarse de la comunidad, no es sólo un método de la comprensión científica es también un compromiso, es asumir una posición, valga la idea que en las ciencias sociales, en especial las históricas, también hay lucha de clases. La discusión entre liberales y comunitaristas es prueba de ello.

En la vivencia y en la convivencia comunitaria se aprende y se desprende el valor del territorio, el espacio objetivo de la pervivencia histórica, ser comunidades de origen y destino, como naciones, sólo es posible a través del territorio. Por esta razón la defensa de la integridad territorial se constituye el primer núcleo de la lucha de los pueblos oaxaqueños. Sin territorio no hay naciones, no hay historia ni destino.

La primera expresión del colonialismo fue la conquista del territorio, la primera forma de lucha de los pueblos fue su defensa. No es de extrañarse entonces que esta lucha sea vigente en nuestros días. La mejor forma de extinguir a un pueblo es la ocupación, la explotación, el uso y abuso de su territorio. Su defensa es motivo de vida y muerte para los pueblos.

Tener un destino común o simplemente tener la posibilidad de forjarse un destino sin interferencias políticas, ideológicas, sociales, económicas, militares, religiosas, es un derecho humano de toda asociación de mujeres y hombres. Así como en la individualidad este derecho es de calidad universal e irrenunciable por cada uno de los individuos, la servidumbre voluntaria es un contrasentido, es así también para cada uno de los pueblos indígenas, es decir, no es renunciable la posibilidad de forjarse su destino en plena libertad.

La autodeterminación de los pueblos es signo de madurez democrática. Sólo las autocracias pugnan por una sola idea, camino, ley, lengua, identidad, una sola historia. Sin entender que la Historia, así con mayúscula, es convergencia de historias, es pluralidad de caminos, es interculturalidad en el caminar por los senderos que la propia historia va construyendo.

Autodeterminación para los pueblos es una demanda política que expresa mi derecho de pertenencia a un pueblo y caminar por los senderos de ese pueblo que ha conminado la asociación deliberado en asambleas. Escribir historias, es desde luego, más rico que escribir la historia. En la comunidad se escriben estas historias deliberando, construyendo, esfuerzo en común, en conciencia, en praxis, en indagación de futuros, no de un solo futuro.

La otra historia es el vendaval de los poderosos, sus intereses, sus dominios, imposiciones. Esta historia es una jaula de hierro donde las singularidades perecen. Es una totalidad que hace de un solo color la realidad, es la profundidad de la no explicación, es la negación de toda duda, es la expiación de toda pregunta, lo diferente siempre será banal.

La resistencia de los pueblos hacia esta totalidad significa frescura, espontaneidad ante la regla, innovación ante la terrible cotidianidad de las cosas, planteamiento de hipótesis ante la sola verdad, apertura de caminos ante el camino real, libertades ante determinismos. ¿Alguien puede negar las riquezas de las diversidades?

El hombre sin rostro no es posible ni imaginarlo, u hombres con rostros iguales también sería una monstruosidad, en cambio la diversidad de rostros inunda la realidad de colores, de personalidades, en donde los intercambios se nutren y aparecen nuevas figuras que enriquecen los sentidos y conciencias.

Es antinatural entonces la renuncia de cada una de las identidades de los pueblos oaxaqueños, converger a una sola identidad es una negación de lo natural y no solo de lo social. La diversidad de identidades de los pueblos oaxaqueños nos pinta de colores y sabores, motivo de orgullo, de eso no cabe duda alguna.

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Categories: Columnas

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