CRÓNICA POLÍTICA: PRI, entre el espejismo y la realidad…

Rosy RAMALES

Parece innegable que el triunfo del PRI en Coahuila se debió a su sólida estructura territorial, a una alta aprobación del gobierno estatal encabezado por Manolo Jiménez Salinas, y a la capacidad de organización y movilización de este partido en la entidad. 

Frente a esto, cabe preguntar: ¿Este triunfo aislado es suficiente para que el Revolucionario Institucional eche las campanas al vuelo rumbo a las elecciones del 2027? ¿Así como para ganar al menos el 50% de los distritos electorales federales, la mitad de las 17 gubernaturas en juego, mayoría relativa en los congresos locales, buena parte de ayuntamientos y alcaldías de la Ciudad de México?

Parece que no. Es mucho –pero mucho– pedir considerando la situación actual del PRI en el país: En el 2024 solo obtuvo nueve diputaciones de mayoría relativa (y eso gracias a la coalición); nada más gobierna dos estados (Coahuila y Durango), que nada más en el primero tiene mayoría en el Congreso local, y apenas gobierna alrededor de 337 municipios de los 2,471 del país.

En síntesis, su estructura en posiciones de gobierno y representación legislativa está verdaderamente disminuida.

Ciertamente, el triunfo absoluto en Coahuila le inyecta nuevos bríos al PRI nacional frente a un Morena que parecía invencible, pero quedó demostrado que al partido gobernante en el país se le puede derrotar; incluso abrumadoramente, siempre y cuando la oposición cuente con estructura sólida, unidad, organización y liderazgos locales competitivos en el resto de la geografía electoral.

¿El PRI tiene todo esto? Además, cabe preguntar ¿si sus gobiernos municipales y sus poquitos legisladores federales y locales gozan de la aprobación ciudadana? Por cierto, el gobernador de Durango, Esteban Villegas Villareal, parece estar en problemas por una supuesta investigación en su contra por parte de Estados Unidos por narcotráfico, en cuyo caso el panorama parece distinto al de Coahuila.

Es incierto que tenga todo.

Y es de dudarse que Alejandro Moreno Cárdenas, como presidenta nacional del tricolor, se haya ocupado de construir o fortalecer la estructura territorial en las 32 entidades del país. En Coahuila hay un jefe político priista que claramente se preocupó y ocupó de la tarea, probablemente acotando decisiones unilaterales de Alito.

Ese es otro punto, las dirigencias nacionales suelen entrometerse en casi todas las decisiones de las elecciones locales; mal que comparte el PRI con el resto de los partidos políticos. Entonces, el triunfo de Coahuila no es del PRI nacional, sino del PRI estatal; no es un logro de Alito, sino de Manolo Jiménez. 

En ese contexto, ¿puede el PRI repetir la hazaña de Coahuila en el país para las elecciones del 2027? Las matemáticas y la realidad territorial dicen que la moneda sigue en el aire, y con harto el viento en contra. 

Aunque el Revolucionario Institucional, como la oposición en general, ahora tiene a su favor el desgaste de la “Cuarta Transformación” a casi sexenio y medio en el poder presidencial, así como el exceso de confianza y la simulación en la que ha caído Morena. 

Nada pierde con intentarlo. Para empezar, el PRI nacional necesita revisar, reforzar y aceitar sus estructuras; una tarea que, sin dinero, será bastante difícil. Pero Alejandro Moreno Cárdenas bien podría prescindir de sus viajes al extranjero para invertir esos recursos del partido directamente en la maquinaria.

En fin, tras el “carro completo” en Coahuila el PRI nacional ve todo un horizonte de esperanza para las elecciones del 2027, se ve como “la verdadera opción de la oposición” y, en voz de su presidente, va “por el milagro mexicano”; o sea, ganar la mayoría legislativa y quizá la mitad de las gubernaturas.

O, al menos, la obtención de la votación suficiente para conservar el registro como partido político nacional. Es esto, o la extinción.

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rosyramalesg@gmail.com


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