ANDARES POLÍTICOS: Hay muchos Ferraris rojos en México

Benjamín TORRES UBALLE

A quienes vimos el video de la salvaje agresión a un joven conductor por parte de un energúmeno que se desempeñaba como escolta del propietario del ahora “célebre” Ferrari rojo, no pudo menos que provocarnos enorme indignación. La acción acaecida en la Ciudad de México no es un hecho inédito, está precedida por una larga historia de impunidad.

El grupo de guaruras encargados de custodiar y proteger a funcionarios, ejecutivos, potentados, pillos ricachones y a quienes puedan pagar por esos servicios constituye un peligro inminente para el ciudadano común y corriente, que se ve en completa indefensión ante la violencia que ejercen tales desadaptados, y a quienes poco importa quebrantar la ley.

Sin embargo, vale la pena reflexionar que los comportamientos de los escoltas es sólo el efecto más primitivo y ruin de la incapacidad para aplicar las leyes y hacer que se respete el estado de derecho por parte de las autoridades respectivas, quienes no pueden evadir su responsabilidad y simular que reaccionan en casos aislados cuando son exhibidos por la opinión pública, tal como ahora sucede con el #LordFerrari.

Una de las obligaciones inalienables del Estado mexicano es garantizar la seguridad a los ciudadanos, no importa que para ello deba meter en cintura a gente como el dueño del Ferrari rojo, Alberto Sentíes, a quien el ya de por sí cuestionado Poder Judicial increíblemente otorgó una suspensión provisional para evitar ser detenido por los hechos referidos.

La opacidad con que las autoridades capitalinas han atendido el caso del Ferrari rojo genera, además, muchas dudas. Si el conductor del lujoso automóvil, de acuerdo con informaciones periodísticas, tiene cuentas pendientes con la justicia, entonces, ¿por qué no se le había detenido antes de que el señor lograra ampararse? Mueve a sospechas las “atenciones” y el trato que recibe, los cuales contrastan con las dispensadas a la población en general.

Y es necesario insistir en que el cobarde ataque del guarura no se gestó de forma espontánea ni de motu proprio. En el deleznable acto existe una instrucción y aval de facto de su patrón, es decir, existe entre ambos personajes un nexo incontrovertible alentado por la condenable impunidad propiciada por la inacción, incapacidad, pavor patológico y complicidad de las autoridades, que por años han tolerado las conductas torcidas de tipos como ellos.

Hoy ha sido posible exhibir este caso de prepotencia y abuso gracias a la participación ciudadana y a las redes sociales, pero existen muchos que cotidianamente se quedan sin denunciar porque no fueron captados en video o fotografía. Para comprobarlo, basta con darse una vuelta por los restaurantes de moda, los almacenes exclusivos, los llamados antros que visita la “gente bonita”, para ver cómo los escoltas se estacionan en lugares prohibidos, en doble fila, en espacios destinados para discapacitados, en fin, donde se les pegue la gana. Total, si alguien les reclama se le van a insultos, amenazas o lo que sea, saben que “trabajan” en absoluta impunidad y que las autoridades no se atreven a tocarlos, menos a aplicarles la ley.

Desde luego que ni las autoridades locales ni las federales pueden alegar sorpresa, menos desconocimiento de un problema añejo que está a la vista de todo mundo, pues agresiones como las del custodio de Lord Ferrari son una constante en el Valle de México, únicamente que las autoridades miran a otro lado a causa de no sabemos qué intereses o componendas.

Ante la tibieza y el miedo extremo que hasta este día han mostrado las autoridades capitalinas y federales para prevenir y sancionar ataques de los señores custodios, queda nada más que preguntar: ¿hasta cuándo tendremos que soportar a esa perniciosa plaga? La respuesta no parece ser nada halagüeña para la sociedad, pues existen muchos, muchos Ferraris por cuidar.

Bélgica, otra vez la barbarie

Todavía con la herida abierta por los ataques terroristas en París el pasado noviembre, Europa y el mundo todo se vuelven a estremecer dolorosamente por los atentados de este martes en Bruselas, Bélgica. La sinrazón causada por la intolerancia, el fanatismo y la obcecación, cobró la vida de personas inocentes, al tiempo de socavar lo más preciado del hombre: la libertad.

Poco a poco la humanidad se vuelve rehén de grupos terroristas que cumplen a la perfección su objetivo: sembrar el terror, adueñarse de la libertad, de la libertad de caminar en las calles, de sentarse y beber una copa o un café, del privilegio supremo de reunirse con la familia o con los amigos en un parque público, o simplemente encaminarse al trabajo.

Los gobiernos de los países no pueden permanecer en la retórica barata, deben asumir acciones coordinadas y a fondo, más allá del inservible maquillaje político. El problema —está visto— es de grandes dimensiones y precisa, por lo tanto, respuestas inmediatas y eficaces.

@BTU15


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