Benjamín TORRES UBALLE
En la aberrante y oscura miseria política existente en México, este lunes los ciudadanos nos enteramos de una de las mayores ofensas que el Senado ha recibido en su historia: Napoleón Gómez Urrutia, “Napito”, acusado de haberse birlado un fondo de mineros, se registró, sin problema alguno, como legislador plurinominal de Morena para la próxima legislatura que hoy inicia trabajos.
No pretendemos en modo alguno prejuzgar la inocencia o culpabilidad del líder minero, lo cuestionable es la forma en que llegará a ocupar una curul en la Cámara alta. Tras 12 años de autoexilio, en un paradisiaco y exclusivo barrio de Canadá, el controvertido “Napito”, señalado por supuestamente hacer mal uso de los recursos de un fideicomiso de trabajadores con valor de 55 millones de dólares, gozará de los mal entendidos, pero efectivos, beneficios del fuero legislativo.
Una pregunta recurrente entre la población, es la relacionada con su modus vivendi, ¿de dónde provienen los vastos recursos para darse la gran vida? Será que éstos fluyen de la misma fuente que ha enriquecido de manera inmoral a otros probos sindicalistas como el siniestro Carlos Romero Deschamps en Pemex o a la señora Elba Esther Gordillo en el SNTE. Si Gómez Urrutia va a vivir espléndidamente del dinero público, debe también, públicamente, explicar puntualmente cuál es su situación jurídica y el origen de su inmensa fortuna.
Desde luego que a los habitantes de esta saqueada y estoica Nación nos gustaría saber cómo un individuo, cuya calidad moral está en entredicho, puede “ayudar a reconstruir el país”, según lo asegura el protegido del próximo titular del Ejecutivo; incluso, que precise la forma en que, desde su confortable asiento en el Senado, colaborará para terminar con “la pobreza y desigualdad”, y lo más relevante: “terminar con la corrupción”, así, tal cual, lo aseguró a los medios en el Senado.
La presencia de Gómez Urrutia en el recinto legislativo es un agravio mayúsculo per se, y lo es, entre otras cosas, porque no representa a los trabajadores mineros, porque es símbolo incuestionable de la oligarquía, de los abusivos y corruptos líderes sindicales que se enriquecen brutal e indecentemente a costa de cuotas y de toda clase de transas que desde su posición se procuran. Hasta hoy, no se conoce algún “dueño” de sindicato que viva en la inopia; es difícil, habitan en la opulencia.
Al Congreso arriban personajes impresentables que nada aportarán, ni al trabajo legislativo ni al prestigio de ese Poder. Llegan, la mayoría de ellos, con propósitos aviesos, de engrosar las cuentas bancarias propias, de realizar cuanto “negocio” les sea posible, de aprovechar, desde el primer minuto del periodo legislativo hasta el último, para satisfacer ampliamente sus objetivos pecuniarios, pero de trabajar eficazmente en favor de la ciudadanía, sería pedir peras al olmo.
Vamos a ver si don “Napito” se acomoda en la austeridad republicana ordenada por Andrés Manuel López Obrador o de plano se rebela para vivir en el dispendio. Quienes hoy le hacen el caldo gordo a este ejemplo de probidad y congruencia son los medios de comunicación, ávidos de la exclusiva, de la nota que pueda llevarse la de ocho, en algunos casos, del servilismo sexenal al mandatario en turno. Nadie puede presumir a Napoleón Gómez Urrutia, así se trate de la aplanadora llamada Movimiento Regeneración Nacional, la “celebridad” en cuestión es, simplemente, indefendible.
Quedan en el aire, hasta hoy, los “méritos” de el señor “Napito” para que fuera colocado por López Obrador en el Senado de la República. Resulta increíble la etiqueta de perseguido político que insisten en colocarle, si así fuera, Peña Nieto y compañía lo habrían traído desde hace tiempo. Cuando éstos quieren perjudicar a alguno de sus enemigos políticos o proteger a incondicionales, vaya que son excepcionalmente eficaces. Así que no compramos el burdo disfraz de perseguido.
Y más allá de la monstruosa imposición de Napoleón Gómez Urrutia en el Legislativo, las amplias críticas y repudio por la deleznable acción no se hicieron esperar, el rechazo ha sido unánime. Desde ya, esa testarudez se convierte en un pesado lastre para quien la ordenó. Los costos políticos irremediablemente se pagan tarde o temprano, y de “Napito”, la factura será muy cara.
Por Gómez Urrutia no queda sino sentir conmiseración. De inmediato se asume como una especie de superhéroe capaz de finiquitar el cáncer más grave que padece México: la corrupción. Asimismo, la ofensiva desigualdad que azota a la sociedad. Aquí viene como anillo al dedo la sabia sentencia popular: “El burro hablando de orejas”. ¿O de veras es un sujeto inmaculado y maltratado?
“Mi regreso a México genera gran satisfacción y confianza para contribuir a lograr una democracia más efectiva, la prosperidad y la paz en nuestro país, ideales por los cuales he luchado siempre”, escribió un soberbio Napoleón Gómez Urrutia en un artículo el pasado 23 de agosto en el periódico La Jornada (http://www.jornada.com.mx/2018/08/23/opinion/018a1pol).
Más allá de las fantasías, ¿qué aportará Napito a la realidad mexicana, a las vastas necesidades del país, a los 53 millones de pobres, a las víctimas de la violencia, a los miles de desaparecidos, a los muchos millares de desempleados, a todos aquellos que sobreviven en la informalidad, a los jóvenes que les es imposible acceder siquiera al mediocre sistema de educación, a quienes demandan una correcta impartición de justicia, o a todos los que exigimos se restablezca el estado de derecho?
@BTU15
(IMAGEN: http://periodicoeltiempo.mx/napito-al-senado/ )
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