ANDARES POLÍTICOS: Día de Muertos e hipocresías oficiales

Benjamín TORRES UBALLE

La celebración del Día de Muertos en México es una festividad impregnada de solemnidad y de esplendor. Una joya cultural admirada y respetada por propios y extraños. Este año, tristemente no pudo admirarse en todo su apogeo por la pandemia de Covid-19; a familiares de quienes ya se adelantaron les fue imposible visitarlos en los panteones que, en su mayoría, estuvieron cerrados.

Pero más allá de lo estrictamente religioso y estético, 2020 es el año donde simplemente es difícil cualquier celebración. Suponiendo que los 91,895 fallecidos reconocidos oficialmente a causa de la covid -según voces de expertos son, al menos lo doble- sean un dato verídico, es per se una tragedia de dimensiones incalculables para cada una de las familias que perdieron a un ser querido.

Y la tragedia se profundiza cuando existen evidencias de que muchas de esas muertes pudieron evitarse. Desde luego que la posibilidad de salvar a contagiados por el SARS-CoV-2 era real. No se trata de una suposición en abstracto. Partamos de la tardía reacción gubernamental, de rebajar al pernicioso virus a nivel de una inofensiva “gripa”, de afirmar torpemente que el cubrebocas no servía de gran cosa, de que con un buen mole se cura o que los pobres estaban inmunes a la pandémica enfermedad y ésta sólo afecta a los ricos. Así, una sarta de tonterías.

A la gran cantidad de fallecidos y contagiados, contribuyó decididamente un sistema público de salud profundamente deteriorado a través de los años y castigado por el gobierno actual con decisiones equívocas que redundaron en carencia de medicamentos, suministros y especialistas. Por esas fallas, personal médico encargado de atender a los enfermos de covid, ha pagado las consecuencias. De acuerdo a un análisis de Amnistía Internacional publicado el pasado 3 de septiembre (bit.ly/2HRoifo), México es la nación con mayor número de personal sanitario (1,320) fallecido por la covid-19. Por eso, en las calles, hubo muchas protestas de médicos y enfermeras.

La cadena de yerros tiene su punto de partida con la designación de Hugo López-Gatell como responsable de la estrategia gubernamental para combatir a la pandemia. Gatell resultó un fiasco en tal encomienda. No sólo es incapaz de acertar alguno de sus fantasiosos pronósticos, sino que rápidamente se convirtió en un desvergonzado adulador del Presidente a quien le otorgó una “fuerza moral, no de contagio”. A cambio de lisonjas, el mandatario le regala “espaldarazos”.

Gatell, un funcionario ensoberbecido y embustero, no tuvo empacho al afirmar el 4 de junio último, que un escenario catastrófico se ubicaría en 60,000 muertes por la nueva cepa del coronavirus. Hoy, que vamos inexorablemente a las 100,000 defunciones, el escenario, además de catastrófico, es desesperanzador para una sociedad cansada de tantos embustes y palabrería miserable.

Resulta, por lo tanto, una hipocresía mayúscula que ante tantas pifias y muertes, se ordenen tres días de luto, que la bandera nacional se coloque a media asta y se dispongan ofrendas en Palacio Nacional. Muchos de los “homenajeados” probablemente estuvieran vivos si los hospitales públicos, incluyendo al IMSS y el ISSSTE, tuviesen prioridad en las asignaciones presupuestales. Ningún acto populachero devolverá la vida ni reconfortará a los sufridos y en muchos casos, devastados familiares.

El nuestro es un país alegre, tanto, que aún los momentos aciagos son incapaces de doblegar el espíritu férreo de los mexicanos. Cierto que la pandemia nos genera dolor profundo por todos quienes han muerto contagiados, por la manera ignominiosa en que debemos despedirlos, también por la imposibilidad de verlos por última vez, de mojar su rostro inerte con nuestras lágrimas.

No cabe la menor duda, en una gigantesca paradoja, los vivos en México parecen estar muy distantes de la paz de los muertos que festejan. Sus tribulaciones no son únicamente espirituales, son físicas, reales. En este México increíble la violencia puede terminar con la vida en cualquier instante y en cualquier lugar. Pero también se puede morir por hambre y falta de atención médica.  

Día de Muertos en la república mexicana, una fecha que celebramos todos de alguna manera. El impío virus de Covid-19 inhibió el festejo a los difuntos en los cementerios, no en los corazones. En una fecha tan importante, ni al caso viene insistir en los demagogos afanes del gobierno para intentar matizar los vastos equívocos y la desastrosa conducción del país, mediante actos que sólo corresponden a cada uno de los mexicanos. Limpias y chamanes en Palacio no son sino mercadotecnia aldeana que nada aporta para frenar la polarización social y la violencia verbal.

Hay cosas que ningún gobierno puede saquear: la festividad del Día de Muertos es una de ellas.

STATU QUO

La noche de este domingo, la Secretaría de Salud reconoció 91,895 defunciones por Covid-19; 929,392 casos totales y 354,634 casos totales sospechosos. Como se ve, las dantescas cifras son una tragedia para el país y los mexicanos. Las cifras empeorarán y el hartazgo social también. Cuidado.

@BTU15

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