ANDARES POLÍTICOS: Pan y mucho circo al pueblo bueno

Benjamín TORRES UBALLE

La pandemia causada por el Covid-19, con casi 40 mil muertos y 344 mil contagios confirmados, está socavando, a querer o no, el proyecto político de Andrés Manuel López Obrador.

México ocupa, hasta la noche de este domingo, según datos de la Universidad Johns Hopkins, el cuarto lugar mundial en fallecimientos a causa de la pandémica enfermedad. Por el número de contagios, se ubica en séptimo sitio. Ambos lugares son una vergüenza para México.

Resulta paradójico, lo que no lograron los partidos opositores, críticos, analistas, académicos, intelectuales, sectores de la sociedad y grupos fácticos, lo ejecutó de manera implacable el SARS-CoV-2: preocupar en serio, por vez primera, al señor Presidente.

A los profundos y dolorosos estragos que la crisis sanitaria provoca en la población, concentrados en sectores de alta vulnerabilidad, se adiciona la catástrofe por los apuros económicos que padecen millones de desempleados en el sector formal e informal.

Con el desplome de la actividad productiva causado por la pandemia, se acentuó el retroceso en materia económica que ya venía desde el año pasado cuando el PIB tuvo un comportamiento negativo. Este factor, más la reducción en la captación tributaria derivada del parón productivo, representa, en los hechos, menos dinero para los programas sociales de la 4T.

Si algo exaspera al mandatario, es incumplir con sus promesas asistenciales de campaña. Hasta hoy, ha podido sortear dichas ofertas y se ha dado el lujo de adelantar pagos a ciertos beneficiarios, como es el caso de los adultos mayores de 68 años inscritos al programa de ayuda.

Mas la repartición de dinero público a determinados integrantes del “pueblo bueno” no resolverá  las apremiantes necesidades de quienes no están contemplados en los mencionados programas oficiales. Ellos, todo indica, que ante la indiferencia del gobierno morenista deberán ver cómo se las arreglan para llevar alimentos a la mesa familiar. Ya hay mucho disgusto en quienes perdieron su ingreso y López Obrador sabe que esto es una bomba que puede estallar en cualquier momento.

Por eso no extraña que a últimas fechas al Ejecutivo se le vea con un gesto adusto pues motivos los tiene; pronto las arcas gubernamentales no podrán dotarlo de recursos suficientes para sus programas clientelares y deberá ordenar más recortes al gasto en las dependencias federales que deberán quizás generalizar el absurdo de quitar las computadoras a los empleados.

Suena a exageración, pero la urgencia presidencial de obtener dinero, puso ya la mira en sus funcionarios. Así, trascendió que burócratas de nivel medio hacia arriba son “exhortados voluntariamente” a donar parte de sus salarios. Como era de esperarse, el disgusto aumenta en aquellos trabajadores del Estado que, de buena fe, votaron por un proyecto que hoy los asfixia.

Y el enfado se une al coctel tóxico que conforman la cada vez más amplia ira social por tanta inseguridad y violencia, nepotismo, imposición en puestos públicos de amigos y leales sin preparación para los cargos, y la descarada tolerancia a servidores públicos de alto nivel, como el cínico Manuel Bartlett Díaz  o la secretaria de la Función Pública, Irma Eréndira Sandoval.

No es que López Obrador ignore las conductas inapropiadas de algunos miembros de su Gabinete, sólo que removerlos del cargo significa admitir la existencia de comportamientos que ha criticado en gobiernos anteriores. El nepotismo y las riquezas “inexplicables” no son asunto ajeno en Morena.

Todo lo anterior, aunado a la falta de resultados positivos y su obsesivo enfrentamiento con la prensa, erosiona por necesidad la imagen del tabasqueño en plena crisis pandémica que ha sido manejada de pésima manera por un mediocre y altanero subsecretario de Salud.

A unos meses de que inicie el proceso electoral más grande de la historia, el presidente no pasa por su mejor momento de aprobación ni popularidad. El mandatario sabe qué terreno pisa y conoce que conservar la mayoría en la Cámara de Diputados está en alto riesgo.

Quizás por eso, AMLO tomó decisiones que hasta hace poco parecían remotas. Visitar estados gobernados por opositores, con los cuales se ha confrontado duramente, donde campea la violencia y mandan los cárteles, es señal inequívoca de que busca allanar el terreno a sus operadores electorales y mostrar una imagen de un presidente dispuesto a brindar ayuda a los sufridos ciudadanos de Guanajuato, Jalisco y Colima. El giro a la estrategia es claro. Quiere detener el declive.

Empero, en ese afán de corregir el rumbo, al menos mediáticamente, López Obrador se tropieza de manera grotesca, como el hecho de comparar a quienes estudian en el extranjero, con el hijo de un capo en la película “El Padrino”. El “oso” presidencial lo puso de a pechito para toda clase de críticas, sobre todo al equivocarse en la referencia y olvidar que en su equipo hay varios que realizaron estudios en Universidades fuera del país. La quemada estuvo muy fuerte.

Desde luego que la extradición de Emilio Lozoya, y su circense llegada a México organizada por la FGR, no le da puntos al tabasqueño. Entre la opinión pública existe la convicción de que es parte de un acuerdo que no inculpará a Peña Nieto ni a Luis Videgaray por el caso Odebrecht.

Tal como se ve el panorama en la oscura inmensidad de la pandemia por el Covid-19, parece que AMLO y compañía tienen listo mucho circo y poco pan para darlo al pueblo bueno.

@BTU15  

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