ANDARES POLÍTICOS: Son delincuentes, no samaritanos

ANDARES POLÍTICOS: Son delincuentes, no samaritanos

9 septiembre, 2019 0

Benjamín TORRES UBALLE

La religiosidad que lleva a flor de piel el presidente de México, se convirtió en una de sus principales herramientas discursivas. Las citas evangélicas suelen formar parte de la oratoria presidencial. A pesar de la condición de Estado laico en que se supone debe ejercer sus funciones el mandatario, simplemente no es así. Pero esto no le ha generado mayor problema, por el contrario, un amplio sector de la población ve con simpatía las mencionadas referencias dogmáticas.

No obstante, más allá de las connotaciones de tales creencias religiosas que, efectivamente, no hacen daño alguno, está la practicidad de esos dogmas de fe. La  administración tiene como uno de sus propósitos, lograr objetivos concretos previamente trazados, medibles y susceptibles de evaluar. La administración del presidente López Obrador está obligatoriamente sujeta a estas condiciones. Es, en este sentido, por lo tanto, que no puede invocar al sentimentalismo de los delincuentes para que enmienden el camino y dejen de hacer toda clase de transgresiones a la ley.

“Tenemos este asunto, que es un reto, un desafío de este grupo de delincuentes que amenazaron hasta a los distribuidores de gasolina de que no le vendieran gasolina al Ejército, a la policía. Están mal, así no es la cosa. Yo los llamo a que recapaciten y piensen en ellos, pero sobre todo que piensen en sus familias, que piensen en sus madres, en sus mamacitas”, manifestó en Tula, Tamaulipas, el sábado reciente. El llamado, fue criticado de manera severa en las redes sociales.

Y es que en un entorno de barbarie como el que impera en México, donde los delincuentes son, de facto, un poder paralelo que cobra derecho de piso, extorsiona, asesina, secuestra, roba, “huachicolea”, y controla el narcotráfico, entre otras actividades ilícitas, es muy delicado, inoportuno, y hasta risible, que el jefe del Ejecutivo recurra, sin probabilidades de éxito, a los buenos sentimientos de los criminales y su amor maternal, para que cambien la mala conducta.

Quizás el llamado del tabasqueño es de buena fe, lo cual no dudamos. Pero también es indudable que su llamado es ocioso. Es como bordar en el vacío. Ningún sicario o narcomenudista abandonará su perniciosa pero lucrativa actividad motivado por un exhorto del presidente de la República, aunque éste goce de un elevadísimo apoyo popular y le asista la razón. Se precisa mucho más.

Para erradicar la brutal incidencia delictiva se requiere un plan integral eficaz, pues los abrazos jamás vencerán a los balazos, eso sucede únicamente en los cuentos rosas, en las películas de Disney  y en el deseo íntimo de los románticos soñadores. La sociedad ya no soporta más balas, más agresiones, más impunidad, más deterioro del pauperizado Estado de derecho; urge de resultados positivos.

Han transcurrido ya nueve meses de la llegada del nuevo gobierno al poder, y aún no se vislumbra siquiera una mínima reducción de los delitos en el territorio nacional. No obstante que el discurso oficial intenta infructuosamente convencer de lo contrario, la realidad es que la inseguridad y violencia cada día gana terreno. Tan solo de enero a julio del presente año, se han registrado 1,178,600 delitos en el país, según datos recientes del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública. Los números no incluyen la cifra negra, pero muestra la ausencia de autoridad.

Cierto que, como lo ha reconocido el propio presidente López Obrador, el problema de la violencia tiene raíces muy profundas y multifactoriales. Además, se ha alimentado, durante décadas, de corrupción gubernamental, de la podredumbre en el sistema judicial, de impunidad alentada desde altas esferas del poder, y, de manera decidida, por el desinterés y apatía de los mexicanos para obligar al Estado a corregir esos abusos y deficiencias que hoy cobran una factura muy costosa.

Así que el monstruo de la violencia no es  y no será fácil de exterminar. Lo sabemos todos. Por ello, buscar una solución es urgente y debe hacerse de forma seria, profesional, alejada de intereses estrictamente políticos, electoreros y populistas. Ningún cártel se va a redimir con palabras etéreas, ni va a dejar de lado el millonario negocio que anualmente le reditúa ganancias inimaginables. Tiene razón AMLO cuando dice: “Ya al carajo la delincuencia, fuchi, guácala. Es como la corrupción, fuchi, guácala”, sí, de acuerdo; pero si esto se queda en mera palabrería de nada sirve.

Las palabras del presidente de México, con las cuales se ha referido a una posible amnistía; a los no balazos y sí muchos abrazos, a que no va a usar al Ejército para reprimir a los delincuentes “porque también son pueblo”; a permitir que las Fuerzas Armadas sean agredidas, ultrajadas y avergonzadas, bajo la condición de no responder a las agresiones, no ha hecho sino mostrar a un Estado débil y permisivo respecto a la aplicación de la ley. Y esto lo saben a la perfección las bandas del crimen organizado y cuanto malhechor hace del delito su modus vivendi, así que el llamado de López Obrador les tiene sin cuidado, pues son delincuentes, no samaritanos. Así es como debe entenderse.

@BTU