COLUMNA DE CIPRIANO: Formación de un nuevo régimen político II

Cipriano FLORES CRUZ

Sostengo que la base fundamental del nuevo régimen político en formación por la Cuarta Transformación son los necesitados, cuyo apoyo al régimen nos permite afirmar de la construcción de un proyecto hegemónico de mediano o largo plazo.

Con una base social de tal dimensión, se habla de 28 millones de beneficiarios de los programas sociales, el obradorismo puede plantearse otros tipos de relaciones con los demás sujetos políticos.

Tenemos, entonces, la necesidad de definir de la relación de la nueva clase gobernante con el Presidente López Obrador a la cabeza, con los poderes constitucionales tales como: el Congreso, el Poder Judicial, los poderes de las entidades federativas, los partidos políticos y los sindicatos.

El obradorismo no puede dejar de reconocerse en el fenómeno del presidencialismo, cuya formación data del siglo XIX, se perfila bien con el porfirismo, se consolida con el cardenismo, su debilitamiento ocurre con el neoliberalismo, salvo el período del Presidente Carlos Salinas, siendo subsumido y en complicidad con los poderes económicos desde los inicios de nuestro siglo.

Se debe decir que el presidencialismo mexicano, si bien es el predominio del Poder Ejecutivo sobre los demás poderes, no todos los presidentes guardaron el mismo poderío, la misma amplitud, la misma factibilidad y el mismo estilo.

Al presidente Porfirio Díaz le fue necesario una proeza histórica, al General Cárdenas un manejo inteligente del poder para el logro de los objetivos de la Revolución,  al presidente Salinas una recomposición de la base social del gobierno, para los presidentes Fox, Calderón y Peña Nieto, implicó entregarse a los brazos del poder económico.

El presidencialismo de baja intensidad de los últimos tiempos, significó acordar con los factores reales del poder.  Con los gobernadores, que por cierto dilapidaron en corrupción el poder otorgado, con el fortalecimiento del régimen de los partidos, que por cierto también, gracias a la alternancia, se sumergieron en la corrupción, salvo excepciones, y en la ineficacia gubernamental.

Muchos analistas percibieron esta nueva realidad como la aurora de la democracia mexicana, sin apreciar debidamente, que en la mesa de la corrupción solamente fue la presencia de más invitados y más utensilios para servirse con mayor amplitud de los beneficios del poder.

Está comprobado que la alternancia sin alternativa, en los poderes nacionales  y regionales, con nuestro tipo de partidos, no era posible plantearse una verdadera alternativa de régimen político en que la democracia tuviera mano.

En este contexto, arriba al poder político de la Nación, en el año 2018, un movimiento plenamente político no así ideológico, encabezado por Andrés Manuel López Obrador, forjado en el seno del Partido Revolucionario Institucional y abrevado de los distintos movimientos sociales democráticos del segundo tercio del siglo XX mexicano y con una lectura especial de la historia nacional.

Ceñido a una vieja canción del compositor mexicano de Guanajuato, José Alfredo Jiménez, marca su distancia del régimen imperante:“ Que no somos iguales, dice la gente”.  Ante la podredumbre de las relaciones de poder entre los diversos actores e instituciones políticas, la nueva clase gobernante no puede más que plantearse la regeneración nacional de estas relaciones.

Con la legitimidad que otorgaron más de 30 millones de votos de los ciudadanos indignados por la situación política del país, la causa, la Regeneración Nacional, implicaba e implica “agarrar los pelos de la burra en la mano” y actuar en consecuencia: la acentuación del presidencialismo.

Los beneficiados del régimen de la corrupción, lógico, “ponen el grito al cielo” y algunos críticos, de buena intención, declaran la vuelta al pasado del régimen autoritario priista.  

Para mi entender, no había ni hay otra alternativa. Para resolver los grandes problemas nacionales, hay que aplicar una medicina amarga, pero no hay de otra: la centralización del poder político y situar al Estado mexicano por encima de la lucha de clases y de los poderes, es decir, un bonapartismo mexicano de nuevo cuño.

Si algunos le llaman a esto un centralismo democrático o un medio para otorgarle viabilidad a una democracia sana, no estaría en desacuerdo. Como en todo, solamente hay un problema, que Don Andrés no se nos enferme de poder y pierda piso, por el enorme poder concentrado, si esto sucede, que aprenda de Don Porfirio Díaz que nunca perdió perspectiva, y que se aleje del misticismo de Madero, que a la postre originó su caída brutal.

Un presidencialismo acentuado, de un nuevo estilo, con la idea de la política como pastoreo, lleno de providencialismo, manejado por un hombre, que a la vista me parece honesto, el pueblo de México, le apuesta la construcción de una Nueva Nación Regenerada.

Lo que es cierto también, que lograr esto no nos alcanzan seis años, esta es la cuestión.

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