EN OTRO CANAL: El priísta que llevamos dentro

Armando REYES VIGUERAS

Se ha dicho en varias ocasiones, el mexicano lleva un pequeño priísta dentro, algo que se refleja en la manera en que se comporta en lo público y lo privado. Para quienes pensaron que el PRI estaba a punto de extinguirse, hay malas noticias pues no ha desaparecido, sino que sigue vigente aunque sus militantes ahora defienden otros colores.

Tricolor interior

El pasado 29 de mayo circuló en redes un vídeo de una reunión realizada en febrero de este año en el cual Beatriz Paredes Rangel, al hablar ante la junta de coordinación política pidió mayor cooperación y evitar el regreso de prácticas autoritarias.

Lo llamativo de su intervención es que identificó tales prácticas con el partido que gobernó el país durante poco más de 70 años: el PRI.

«Lo que es muy importante es desterrar la tentación de la restauración del modo priísta de conducir el país, es una enorme tentación porque muchos han sido priistas, esa es su cultura política, es una cultura política que ustedes mismos lucharon por transformar, por eso creo que el gran desafío de nuestra democracia en el tiempo es que logremos un mayor equilibrio entre los poderes, y robustescamos el papel del poder legislativo, quizá una fórmula puede ser que las decisiones de las comisiones sean vinculatorias, miren cuántas veces hemos citado a funcionarios y no han querido venir y que ha sucedido, nada, nada, ojalá que no comprobemos en este tiempo de la historia de México que todos llevamos un pequeño priísta dentro».

Más allá de que la propia Beatriz Paredes milita en dicho partido, lo que es material de análisis es que tuvo razón, el también llamado tricolor es identificado como el partido del autoritarismo, la corrupción y el fraude electoral, eso explica –en parte– los derrota electoral en 2018, pero con una influencia en los demás Institutos políticos y amplios sectores sociales.

Ya en alguna ocasión, Felipe Calderón señaló que también los panistas tenían a un pequeño priísta dentro.

El fenómeno que representa el PRI va más allá de un simple partido político o en el símbolo de una serie de prácticas que incluían la corrupción –en todas sus variantes–, el nepotismo y otras cuestiones que incluyeron el acuñado de nuevos términos, como es el caso del amiguismo, el influyentismo, así como frases que han quedado en nuestra memoria como «el que no tranza no avanza», «¿Qué hora es?, La que usted diga señor presidente» y tantas más que marcaron una época.

En PRI fue –y es– una cultura política, una manera de entender el quehacer público, los liderazgos políticos y una oficina de colocación de burócratas quienes sin importar la preparación, o la falta de ella, podían dirigir los destinos de la nación.

También fue el ejemplo más acabado de cómo un partido oficial podrías retener el poder, asemejándose más a una dictadura –aunque con elecciones controladas–, que provocaba la curiosidad de numerosos académicos en el extranjero, quienes venían a estudiar a un partido que se mantenía en el poder a pesar de los vientos de cambio.

Fue también el representante de la dictadura perfecta, o de una «dictablanda», que convocaba a todos a acudir a las urnas para votar por quién de antemano se sabía que iba a ganar.

Otro aspecto a resaltar es que la oposición en México fue asimilada por el también llamado partidazo, al grado de que los principales líderes opositores que ha tenido el país en las parte final del siglo XX, surgieron de las filas del tricolor, como es el caso de Cuauhtémoc Cárdenas y Andrés Manuel López Obrador.

Incluso el PAN tuvo entre sus fundadores a ex funcionarios que colaboraron en el gobierno del fundador del PRI, Plutarco Elías Calles, como fue Manuel Gómez Morin.

Asimismo, fundó el clientelismo político en México, con sectores que sin importar que se trataba de gobiernos que los mantenían en la pobreza, seguían votando para recibir sus despensas, apoyos, créditos, becas y otros subsidios, pero no para avanzar socialmente, sino para sobrevivir para la siguiente elección.

Y que decir de la manera de «ganar» las votaciones, gracias a una serie de métodos que se fueron refinando con el paso del tiempo y cuando la represión abierta y el amedrentamiento ya no eran posibles ante una ciudadanía que empezaba a despertar.

Así, se ensayó con la operación tamal, el ratón loco, el carrusel, la compra de representantes de casilla de otros partidos, de funcionarios de casilla, del robo de urnas, de fraudes patrióticos, de caídas del sistema y de colegios electorales en los cuales se autocalificaban para no dejar entrar a la oposición.

Además, fue escuela de cuadros políticos al grado de que todos los partidos políticos mexicanos cuentan en sus filas con varios ex priistas, de quienes aprendían algunas prácticas que luego se convertían en motivo de escándalo y disputas internas.

Tan sólo hay que revisar la composición del actual gabinete para darnos cuenta de cuántos funcionarios actuales pasaron por las filas del tricolor.

Lo curioso en el actual sexenio es que todo ese repudio por el otrora partido oficial, convirtió el 2018 en la elección del presidente más priísta de las últimas décadas, quien demuestra cada mañana que su forma de ver al país es a través del cristal tricolor.

@AReyesVigueras

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