Rosy RAMALES
Francisco Álvarez Figueroa, recién electo comisionado del Instituto de Acceso a la Información Pública y Protección de Datos Personales de Oaxaca, con puntualidad inglesa aguardaba en el Salón de Gobernadores del Palacio de Gobierno la ceremonia de el “Grito de Independencia”.
Le vendría bien una buena dosis independentista, pero ahí estaba. Y mientras salía el gobernador Gabino Cué Monteagudo, “Panchito”, ahora ex funcionario de la Secretaría de la Contraloría y Transparencia Gubernamental, conversaba muy amenamente con el panista Carlos Moreno Alcántara, Secretario de Vialidad y Transporte; ambos pegados a la vaya de madera que dividía el espacio donde pasaría la Escolta del Ejército Mexicano con la Bandera Nacional para entregarla al mandatario estatal.
El Zócalo de la Ciudad de Oaxaca lucía como nunca antes en lo que va del sexenio de Cué: Sin maestros, ni manifestantes diversos, sino rebosante de ciudadanos y ciudadanas, quienes quizá sintiéndose libres de la opresión de falsos “luchadores sociales”, con fervor patrio aguardaban el momento de la conmemoración de “El Grito de Independencia”.
Sin duda, una noche de 15 de septiembre muy representativa para los oaxaqueños y para el gobernador Cué, quien durante casi cinco año se vio como rehén de los maestros de la Sección 22 del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE). Las organizaciones “sociales” aún no lo sueltan.
Esa noche, el Palacio de Gobierno cobró vida. Su fachada lucía iluminada con los colores patrios y adornada con imágenes de los héroes de la Independencia de México. Los balcones principales estaban abiertos de par en par, como en los buenos tiempos de Oaxaca, de paz y de tranquilidad.
Afuera llovía, precisamente está noche, como si Tláloc estuviera conspirando para hacer deslucir la ceremonia. No lo consiguió. La gente aguardaba, hasta sin paraguas. En algún momento las cámaras de la Cortv tomaron a una persona que se resguardaba debajo de un paraguas rojo con las siglas del PRI y de inmediato movieron la toma, pero tal vez reflexionaron y volvieron a tomar la imagen quizá como una acción legitimadora de la concurrida ceremonia de “El Grito” conmemorado por el gobernado “coalicionista”.
El Salón de Gobernadores pronto se vio abarrotado de servidores públicos e invitados. La mayoría iba con su respectiva pareja. Ahí estaban también los magistrados del Tribunal Superior de Justicia del Estado. El titular de la SEDAFPA, Jorge Carrasco Altamirano, estaba en el ala contigua a los acceso de las oficinas del gobernador.
También el perredista Wilfredo Vázquez López; la panista Clarivel Rivera, directora del Registro Civil; el de la CEVI, Joaquín Morales Noyola, igualmente panista. En algún momento llegó la diputada local priista Carmelita Ricárdez, luciendo un vestido largo, de noche, con bordados istmeños color oro.
Por cierto, en el sexenio del entonces priista Diódoro Carrasco, hoy panista, las noches de “El Grito de Independencia” en Palacio de Gobierno eran glamurosas, las mujeres vestían de largo, ya sea atuendos típicos o normales, y los hombres de etiqueta o mínimo pulcramente de traje. En los sexenios de José Murat Casab y de Ulises Ruiz Ortiz, dicen que se fue perdiendo ese ritual. Y esta noche del 15 de septiembre del 2015, cada quien fue como mejor le acomodó.
Tampoco se trataba de conmemorar una de las exquisitas ceremonias encabezadas por don Porfirio Díaz. Sin embargo, como que algo faltó.
En el Salón de Gobernadores también estaba el diputado priista Manuel Andrés García Díaz; magistrados del Tribunal Estatal Electoral (aún del Poder Judicial del Estado de Oaxaca), como Patricio Dolores Sierra; la magistrada presidenta Mireya Santos, departía en una de las mesas dispuestas en los corredores de la planta alta, adornadas con centros de mesa alusivos a las Fiestas Patrias.
En punto a las 23:00 horas, el gobernador Cué tomó la bandera que le entregó la Escolta de as Fuerzas Armadas de México, y salió al balcón para emular el “Grito” dado por el cura Miguel Hidalgo y Costilla en 1810, dado en la parroquia de Dolores, hoy municipio de Dolores Hidalgo, estado de Guanajuato; arenga con la cual inició la lucha por la Independencia de México.
Cué tocó la campana que pende del balcón central de Palacio de Gobierno. Conspiradora, la campana se atoró en los últimos dos jalones. La gente congregada en el Zócalo de la Ciudad de Oaxaca respondió a todo pulmón los vítores a los héroes que nos dieron Patria y Libertad. Luego hubo una lluvia de juegos pirotécnicos en medio de la algarabía de los oaxaqueños.
En el Palacio de Gobierno, tras el protocolo, funcionarios de Cué e invitados ocuparon las mesas dispuestas en los corredores de la planta alta. No era una cena formal, sino una especie de degustación de antojitos mexicanos: Pambazos, tamal jarocho (de Veracruz), torta ahogada (de Jalisco), chile en nogada (de Puebla), tacos gobernador (de Sinaloa), gorditas de chicharrón prensado (del D:F), y panuchos de cochinita (de Yucatán). Todo en miniatura, que cabían en una muela.
Y algo de lo más sabroso eran los dulces dispuestos en amplias mesas ex profeso: Arroz con leche, jericayas, glorias, mazapanes, cocada horneada, higos, limones rellenos, rollo de guayaba con cajeta, obleas, cajetas, muéganos, macarrón de leche, cocada tricolor, jamoncillo de pepita, pepitoria, alegrías y cacahuates garapiñados, etc. También todo en miniatura.
Algunos funcionarios, como el Fiscal, Héctor Joaquín Carrillo Ruiz, departió con invitados; él es una persona sencilla y amable, igual que su esposa. La esposa de Miguel Ángel Muñoz también. En otras mesa estaban Anabel López, del IMO, y Adelfo Regino Montes, Secretario de Asuntos Indígenas.
El diputado federal del PRI Cándido Coheto Martínez se paseaba por los corredores. No los vimos, pero dicen que también estaban varios diputados federales más, priistas y perredistas, como José Antonio Estefan Garfias (PRD) y Yarith Tannos (PRI). Había notarios, abogados, etc.
La convivencia era amenizado por el mariachi Mi Tierra. En otro pasillo se vio pasar al Secretario de Seguridad Pública. Mientras, funcionarios e invitados, tomaban aguas frescas o tequila, o comían alguno de los bocadillos. Solo hizo falta algo: El saludo de mesa en mesa de Cué, quien, ciertamente, se veía contento, pero pronto se ocultó a la vista de la concurrencia.
***
Descubre más desde Rosy Ramales
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.



