Por Salomón Peregrino
“Los sabios heredan honores, los necios cargan con la deshonra”.
Ayer, el periódico nacional La jornada pública un análisis de Soledad Loaeza sobre la designación de Eduardo Medina Mora como magistrado en la Suprema Corte de Justicia de la Nación, titulado: “Un presidente como los de antes”.
A continuación, se transcriben partes del citado texto:
“El presidente les ha hecho la tarea doblemente difícil a quienes insisten en defender su supuesto ánimo reformista, pues tendrán que encontrar nuevos argumentos para convencernos de que estamos ante un presidente transformador.
“La actuación presidencial en este asunto de renovación del Poder Judicial es sorprendente en primer lugar porque no corresponde a los tiempos que estamos viviendo. En este mundo de crueles encuestas de opinión, politización extrema de amplios segmentos de las clases medias, rabiosos editorialistas, comunicadores verbalmente incontinentes, aceptada irreverencia, redes sociales, jóvenes y brillantes mentes analíticas, Enrique Peña Nieto se da el lujo de actuar de espaldas a la opinión y de frente a su soberbia.
“La función del Poder Judicial está comprometida, así como la reputación de magistrados pundonorosos que ahora han quedado empaquetados en la arbitrariedad presidencial… Ha agravado la debilidad del Senado, que aparece como en el pasado autoritario, un simple instrumento de la voluntad presidencial.
“Enrique Peña Nieto sabe que el poder presidencial es formidable y así lo utiliza, pero tendría que recordar que el peso de ese poder sirve no solo para construir, o reformar que dirían algunos, sino también para destruir… lo que hace y lo que dice no solo irrita a una opinión que reclama su derecho a ser escuchada, sino que socava la confianza pública en su gobierno y en las instituciones… La forma en que Enrique Peña Nieto impuso a su magistrado, en medio de una amplia protesta, es reveladora de lo que piensa de los ciudadanos, y por eso es comparable a un presidente de mucho antes de la transición democrática, de unos tiempos en que los funcionarios solo respondían de sus acciones ante algo tan lejano y nebuloso como puede ser la historia o el juicio final.
“Si Medina Mora hubiera retirado su candidatura, hubiera sido muy generoso con su ofuscado amigo que ha perdido de vista los límites de su autoridad. En su juramento como magistrado dijo que se comprometía a demostrar que México puede ser un país de leyes. Conste que dijo puede ser, no es. A lo mejor de esa manera reconoció lo que su nombramiento es”.
Una crítica severa. Un señalamiento crudo y brutal.
Sin embargo, difiero en que Enrique Peña Nieto sea “un presidente como los de antes”.
Si bien es cierto que el poder presidencial de antaño sobrepasaba en constantes ocasiones el límite constitucional, la prudencia era característica que los llevaba a la reflexión y a recapacitar en decisiones que lastimaran la sensibilidad del tejido social. La fuerza de sus determinaciones no tenían que agravar o disminuir la fortaleza que le daban las bases sociales; especialmente, las más vulnerables. No se adoptaba decisión arbitraria que pudiera afectar el respaldo popular que les había permitido el ascenso al poder.
Hoy, esas actitudes marcan la diferencia entre el actual poder presidencial al de antaño. Peña Nieto requiere impulsar grandes cambios, sí; pero con el respaldo ciudadano necesario o, al menos, con el privilegio de la duda a sus pretensiones de transformación. Nunca impulsando a contra sentido o imponiendo aquello que, desde un inicio, cuente con el rechazo popular y/o genere malestar entre sectores específicos o entre la sociedad en general.
Un presidente de antes, a pesar de lo dictatorial que ahora se le pueda señalar, generaba consensos con abrumadora mayoría; no siempre resultaban lo mejor, pero siempre consensuados. La forma es fondo. Y esa forma, siempre se cuidaba a detalle.
Un presidente de antes, conocía y entendía la historia de México, cuidando y procurando esa misma característica entre la gente de su gabinete. Imposible comprender la idiosincrasia de nuestro país sin conocer la historia de nuestras raíces. Hoy, muchos de errores de él y de su equipo, denotan ese desconocimiento en la toma de decisiones y en el olvido marginal que padecen muchas entidades; Oaxaca, una de ellas.
Un presidente de antes, se ocupaba diariamente por atender los temas fundamentales de su administración, entre ellos, el o los programas que fueran distintivo de su sexenio. Actualmente, los programas sociales del presente ejercicio federal adquieren, por lo menos en nuestro estado, una percepción de invisibilidad. No se ven ni se sienten.
Un presidente de antes, procuraba un sano equilibrio entre las fuerzas políticas nacionales y entre los liderazgos regionales de su partido. Ahora, eso se hizo de lado; la gran mayoría del gabinete legal y ampliado es originario de su estado natal. Y más que propiciar mejores resultados, solo genera encubrimientos en detrimento de su propia imagen política. Todos ellos le aplauden y nadie le observa sus desaciertos.
Un presidente de antes, realizaba los ajustes necesarios y oportunos entre su equipo. Ninguna amistad o lazo de afecto estaba por encima de errores imperdonables. Mucho menos, concebir que tuviera que ceder y conceder posiciones administrativas producto del chantaje político.
Todos los presidentes, de antes y después del siglo XX, se han caracterizado por sus aciertos y errores; han cometido abusos y generado malestar social. Es circunstancia que acompaña al gran poder que ostentan y representan. La dinámica del mundo actual exige, en efecto, que ciertos errores ya no se sujeten únicamente al juicio de la historia; deben ser sancionados con estricto rigor de forma inmediata.
Peña Nieto tiene el compromiso ineludible de cumplir y hacer cumplir nuestras leyes. Mostrarse de frente ante la opinión pública y dar la espalda a cualquier acto que pueda exhibir la mínima muestra de soberbia y abuso del poder. Hay momentos en que, con amplio criterio, tendrá que retroceder un paso personal si eso nos permite avanzar dos como sociedad. Nunca es tarde para empezar a dar muestra real de voluntad en que se puede mejorar.
En la actualidad, difícilmente podremos ver nuevamente que un presidente cuente con mayoría absoluta en el Congreso de la Unión. Los equilibrios parlamentarios llegaron para quedarse. No comparto la idea de Soledad Loaeza respecto a que el Senado sea un instrumento sometido al poder presidencial; aunque creo que a los senadores de su partido les faltó carácter para responder a las expectativas de sus electores y, especialmente, mostrarse republicanos ante propios y detractores.
Peña Nieto no tiene manera de justificar ni atenuar esa mala decisión personal. Ya cumplió dos años en el ejercicio del poder y no se le puede atribuir a la inexperiencia ni a la impericia este error; fue un capricho que daña la honorabilidad que estaba adquiriendo a paso sostenido la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Un error que nadie debe permitir que se repita. Haberlo señalado, tal como lo hizo Soledad Loaeza, es un buen principio.
Fuera de contexto: A raíz de los hechos sangrientos que se han registrado en los últimos días en Oaxaca, ya no existe diferencia de contenido entre la nota política y la nota roja.
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