Andares Políticos: AMLO: la hora de la verdad

Benjamín TORRES UBALLE

La tercera fue la vencida para Andrés Manuel López Obrador. Este sábado por fin pudo jurar como Presidente de México. A los 65 años cumplió su anhelo de gobernar al país. Fueron años de ardua lucha donde se sobrepuso a innumerables adversidades. Perseveró y realizó su voluntad. Llega al poder con altas expectativas entre los 30 millones de ciudadanos que confiaron ciegamente en él.

Tras el rito de la toma de protesta, -al más puro estilo priista en la ceremonia, tan criticado por el hoy mandatario- llegó el momento de afrontar la realidad: los vastos y graves problemas que aquejan a México. López Obrador inicia su sexenio con tremendo capital político y el control en el Congreso lo que le favorece para impulsar sin obstáculos su proyecto político. Durante la campaña el morenista prometió mucho; los electores esperan, por lo tanto, que, igualmente, cumpla mucho.

Desde el momento en que le entregaron la banda presidencial, AMLO deja de ser el opositor obcecado, el crítico sistemático del poder en turno, ese que alguna vez, desesperado por el “fraude electoral” calderonista -lo aseguró- se autonombró “presidente legítimo”; también, el más feroz adversario de la “mafia del poder” y de los empresarios “rapaces”, como los calificó no hace mucho.

Ya nada de lo anterior debe quedar en la filosofía del Presidente. A partir del 1 de diciembre su obligación constitucional es gobernar sin distinciones para todos los mexicanos, aun para la enorme cantidad de votantes que no le otorgó el sufragio. Los retos que esperan al titular del Ejecutivo son ineludibles y requieren de solución pronta con decisiones lúcidas. México no soporta un solo encono más, ni una muerte violenta o alguna fosa clandestina; menos, que sigan desapareciendo mexicanos o que los abominables feminicidios continúen; tampoco, que sigan los secuestros y se masacre a periodistas.

Prometer es sencillo, pero cumplir lleva consigo afectar intereses, en muchos casos, muy poderosos. Y enfrentarse a esos intereses implica un fuerte desgaste político y en ocasiones, hasta padecer la derrota. Es por eso que el optimismo desbordado del nuevo Presidente tiene necesariamente un límite acotado por la realidad, la realidad de los recursos materiales para cumplir con los compromisos, la verdad de que el poder presidencial tiene límites, la objetividad de que siempre existirán muchos otros que anhelan ese poder, aun dentro de su equipo más íntimo. Incluso de los que considera sus leales. Contra lo que se piensa, López Obrador dependerá de su primer círculo.

El sábado último escuchamos a un vehemente neo Presidente prodigarse en compromisos ante una multitud eufórica en el Zócalo de la Ciudad de México. Si cuando menos cumple el de terminar con la corrupción e impunidad, pasará a la historia con notas sobresalientes. De no hacerlo, quedará al mismo nivel execrable de sus antecesores priistas y panistas. Obrador enfrenta la hora de la verdad.

Dos problemas exigen solución inmediata del nuevo gobierno: inseguridad y corrupción. El presidente López Obrador prometió erradicarlos. Así que no basta con obsequiar al pueblo sabio la venta del avión presidencial, la denostación de Peña Nieto y una retórica llena de quimeras. La primera tarea del mandatario morenista es dejar de lado las palabras y pasar a la acción eficaz.

México requiere sin dilación salir del mar de sangre en que se encuentra atrapado, del eterno subdesarrollo en que lo postraron gobiernos lesivos. Para ello precisa no ser rehén de un dirigente sólo con apariencia democrática. La nación requiere un líder auténtico, pragmático, eficaz, conciliador de los diversos intereses que en ella existe, respetuoso de las leyes y que se aleje de la insana tentación de torcerlas a conveniencia. Los mexicanos no necesitan de esa perversión.

Si el tabasqueño logra sacudirse el talante autoritario y soberbio, al igual que las rémoras incrustadas en las filas morenistas, se enfilará en el camino correcto. El poder se desgasta pronto y rápido. Debe entenderlo así el presidente López Obrador. Los exabruptos emanados del poder presidencial suelen provocar mucho daño a toda la población, así que deben evitarse. Es conveniente razonar y pensar exhaustivamente en las consecuencias cuando se actúa a la ligera.

Ningún ciudadano, por más que sus fobias sean profundas, deseará que le vaya mal a AMLO. Las imprecaciones salen sobrando. Pero el actor principal de que eso no suceda es, sin duda, el ahora Presidente, nadie más puede ser responsabilizado de ello. Y no hay pretexto que valga; si López Obrador habla de no empantanarse en el pasado, convendría no incluir más en sus peroratas temas superados. Se trata, por supuesto, de mirar hacia adelante y sin anclarse en conceptos retrógrados.

México es sinónimo de grandeza, aun con los pésimos gobernantes que ha soportado. No obstante, hoy le acecha un peligro superlativo: la polarización de la sociedad. De facto, los mexicanos están divididos entre lopezobradoristas y quienes lo repudian, y nada bueno deriva de esto. Por eso son inaceptables los discursos incendiarios e irresponsables. El nuevo Presidente debe calmar los ánimos con palabras incluyentes alejadas de toda violencia verbal y totalitaria.

Bienvenido Andrés Manuel López Obrador a la Presidencia de la República. Bienvenido también al escrutinio permanente. Bienvenido a la realidad. A la inexorable hora de la verdad. Mucha suerte.

@BTU15

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