ANDARES POLÍTICOS: El amor en los tiempos del coronavirus

Benjamín TORRES UBALLE

Una de las novelas más fascinantes que el autor de esta columna ha tenido en suerte leer, es sin duda El amor en los tiempos del cólera, del enorme escritor colombiano Gabriel García Márquez.

El gran “Gabo”, quien vivió mucho tiempo en México, plasmó en esa obra literaria sucesos ficticios relacionados con el amor cuando el letal cólera arrasó y provocó la muerte de mucha gente.

Hoy, aquella realidad, adaptada con una poderosa genialidad literaria, remite necesariamente a lo que está sucediendo en el Mundo y particularmente en nuestro país.

¿Cómo estamos los mexicanos procesando nuestros sentimientos en medio de la profunda crisis detonada por la nueva versión del coronavirus? Nos enteramos, vía los medios de comunicación, incluidas las ahora cuestionadas redes sociales, que, en medio del encierro forzoso, ciertos despreciables han arremetido a golpes en contra de “sus mujeres”. Una conducta cobarde y mísera.

Pero hay otros comportamientos nobles, generosos y heroicos de tal magnanimidad que no queda  sino aplaudirlos, agradecerlos y emocionarse hasta las lágrimas. Ahí está el esfuerzo sin mezquindades de médicos, enfermeras, técnicos, camilleros, choferes de ambulancias, personal administrativo y de intendencia que todos los días, a cada instante, exponen su vida para intentar salvar las de otras de personas que jamás habían visto, pero que enfermaron de Covid-19.

Muchos profesionales de la salud cayeron cumpliendo su deber, víctimas de los contagios por el SARS-COV2. Estuvieron en primera línea, la mayoría de las veces carentes de equipo adecuado para desempeñar su trabajo, aun así, conscientes del peligro no dejaron de asistir a los pacientes. Esto es una forma de amor. Exponer y dar la vida por el próximo es una manera sublime de trascender.

Y las manifestaciones genuinas de amor no se circunscriben al heroico comportamiento del personal médico en estos tiempos del coronavirus, en los hogares hay infinidad de ellas. Por ejemplo, luego de siete semanas de “aislamiento social”, los férreos límites de la paciencia, tolerancia y hasta los de la prudencia, se empiezan a resquebrajar por la obligada convivencia de 24 horas con rutinas que terminan por asfixiar al más tranquilo de los seres humanos. Ahí dan inicio las discrepancias.

No obstante, hay excepciones. Por ejemplo –aquí pido la comprensión de los amables lectores para referirme en primera persona-, a mi mujer, sus “comprensivos” jefes la enviaron a casa para hacer “home office”. De esto hace dos semanas. El que esté laborando a escasos tres metros de mí, separados sólo por un par de puertas de madera –abiertas todo el tiempo- impide que escuche mis habituales rolas favoritas a cierto volumen. No me lo pide, mas la cortesía y respeto, obligan.

Lo que no me agrada mucho, he de confesarlo, es la encomienda de ciertas labores consideradas propias de “mandilones”, (por la emergencia sanitaria, desde hace dos meses la señora que nos ayuda con la limpieza semanal de casa está ausente, previo pago de su sueldo) pero que, si en épocas consideradas normales son imprescindibles, actualmente resultan ineludibles. Preparar el desayuno; lavar los trastes; colocar la ropa sucia en el centro de lavado, programarla y luego tenderla, barrer y trapear la planta baja, limpiar los muebles, tirar la basura y limpiar con agua y cloro barandales, chapas y manijas, son algunas de ellas.

Difiero sustancialmente de algunos amigos: no incurro en conducta que merezca ser incluida en el ignominioso catálogo de mandilonerías. Simplemente hago la parte que me corresponde; faltaba más. Mi querida mujer hace el resto, además se mete a la cocina, prepara un noticiario, consigue entrevistas (vaya que la sufre en este tema), está al pendiente de sus padres adultos mayores y todavía se afana en vigilarme para que tome las dosis de vitaminas. Gran mujer, sin duda.

Así que el amor en los tiempos infaustos del méndigo virus ese, modificó radicalmente las presentaciones de tan noble sentimiento. Muestra inequívoca, es que, incluso el terrible señor “Lujis”, mi gran “brother”, está de mejor humor, permanece en casa y dejó de andar de “pata de perro”; come calientito, sano y nutritivo junto a su señora esposa y Dianis, la niña querida.

Por mi parte, en cuanto terminan las actividades laborales de nosotros, escucho música, sigo leyendo, escribiendo cuentos, podando el jardín y los arbustos. También soy adicto a mirar televisión, me divierto horrores con Malcom el de en medio, La ley y el orden y sobre todo, las películas en blanco y negro de Cantinflas. Pero no estoy reñido con los programas culturales o una buena serie. Tampoco con hurgar en Internet para encontrar temas interesantes (que no frivolidades).

Si he de hacer un meticuloso balance después de casi dos meses de “aislamiento social” en el que por mi mente y corazón ha desfilado una cauda de temores, zozobra, angustia y desesperanza, realmente no la he pasado mal. En ello mucho tiene que ver la espléndida y generosa mujer con la cual comparto mi vida, la frescura de mi niña adorada, las llamadas con mis hermanos y las muchísimas videollamadas con el siempre solidario y divertido tlalnepatlense, Luján Castruita.

Mas algo es cierto, el amor en los tiempos del coronavirus sufrió una metamorfosis y de ella saldremos fortalecidos como seres humanos, o simplemente pauperizados y derrotados. Yo, apuesto por la primera opción. Pero al final, la decisión es muy personal.

@BTU15   

(Imagen: https://gacetamedica.com/investigacion/asi-funcionan-las-dos-nuevas-cepas-del-coronavirus-una-de-ellas-mas-agresiva/ )

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