Benjamín TORRES UBALLE
Luego de que Vicente Fox cumplió su promesa de sacar al Partido Revolucionario Institucional de Los Pinos —lapso que se extendió por dos sexenios—, el tricolor entendió a la perfección que, dividido, no va a ningún lado, si no es a la oprobiosa derrota y a quedar como mero espectador en las decisiones trascendentales de la vida nacional y con ello excluido, además, de todos los “beneficios” que generosamente aporta gozar del poder.
Y el PRI aprendió también —durante su permanencia forzosa en la banca— una lección nueva: la transformación de la sociedad. La mayoría de los mexicanos, en décadas recientes, abandonó la actitud pasiva y medrosa para adoptar un papel crítico y proactivo con el fin de cuestionar y señalar las fallas y omisiones de quienes conforman el aparato gubernamental en sus tres niveles.
En los hechos, e instalado ya en el poder Ejecutivo —en buena parte gracias a la decepcionante docena “panista” del propio Fox y Felipe Calderón—, el partido tricolor pronto olvidó una de sus demagógicas frases de campaña: Ya no existe el viejo PRI, ahora hay un nuevo PRI.
Con un buen inicio en la imagen y popularidad de su producto estelar, el mexiquense Enrique Peña Nieto, el Revolucionario Institucional tuvo una breve luna de miel con algunos sectores de la población, incluso con sus adversarios políticos, que derivó en el Pacto por México y posteriormente en la exitosa aprobación en el Congreso de las reformas constitucionales.
Pero vino la barbarie y la desaparición de los normalistas en Iguala (incluido un torpe manejo del área de comunicación social en la oficina presidencial —¿se acuerdan de David López?—) y empezó la debacle; le siguieron, para infortunio del Presidente y de su partido, la matanza en Tlatlaya, los escándalos de la ‘Casa Blanca’, la de Malinalco, la abrupta cancelación del proyecto para construir el tren de alta velocidad México-Querétaro y los señalamientos de que en el país la tortura y desaparición de personas es una práctica generalizada. A todo esto se agregaron dos millones más de pobres en la administración peñista. El viejo PRI presente.
Al mismo tiempo, y sin tardanza, el ADN priista emergió irremediablemente en la conducta de ciertos personajes, se manifestó de forma plena como en antaño: prepotencia, influyentismo, mal uso y abuso de los recursos públicos. Así lo demostraron Lady Profeco, la hija del entonces titular de la Profeco, Humberto Benítez Treviño, que ordenó a inspectores de la dependencia clausurar un restaurante porque no le dieron la mesa que deseaba, o el uso indebido de un helicóptero de la Conagua para asuntos personales por parte de su director, David Korenfeld. Imposible ocultar la naturaleza del PRI.
Hoy, sin que las reformas sobre las que Peña Nieto sustentó su gobierno —el actual y real jefe del priismo— terminen por aplicarse totalmente, el escenario para la causa del PRI, previo a las lecciones del próximo junio, luce complicado: Pemex en terapia intensiva, un peso depreciado, la violencia que no cede, un gobernador priista que en Veracruz ha realizado una gestión desastrosa y que es un auténtico lastre, o un Guerrero —gobernado también por otro priista— convertido en un cementerio. Por esta lista poco honrosa es que quizá al mandatario no le aplauden.
Y menos le van a lanzar loas si el Presidente permite que se trastoque la ley en casos representativos, como la imposición de un “junior” mexiquense de la política en la candidatura priista al gobierno de Oaxaca, quien no cumple con el requisito de la residencia efectiva (5 años) en la entidad, o que el partido siga protegiendo con senadurías o diputaciones a militantes de cuestionado prestigio, como a determinados líderes obreros que se han enriquecido a costa de la “transa”, los negocios y cuotas sindicales. En eso tampoco ha cambiado el PRI, ni en las multitudes que viajan a costas del erario en las giras presidenciales.
Defender y proteger a ex funcionarios y ex gobernadores emanados del PRI señalados de haber incurrido en pillerías (Humberto Moreira y Fidel Herrera, entre otros) no aportan un ápice a la credibilidad del “nuevo PRI”; los hechos demuestran fehacientemente que el anquilosado dinosaurio de 87 años nunca se ha ido, que está vivo y que nunca cambiará.
@BTU15
Descubre más desde Rosy Ramales
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.



