ANDARES POLÍTICOS: La estropeada investidura presidencial

Benjamín TORRES UBALLE

En México, los presidentes pueden presumir de todo. Por ejemplo, de su poder cuasi omnímodo, de creerse dueños absolutos de la verdad; también, de cómo sus obedientes lacayos los llenan de lisonjas por más falsas que éstas sean. Incluso, de mandar que cierren el Viaducto de la capital para correr un auto deportivo, o darse el lujo de vivir de manera burguesa en un esplendoroso Palacio.

Así el comportamiento de los que llegan a la Presidencia de la República. El poder los transforma y devela la frivolidad que llevan a flor de piel. Desde luego existen muy honrosas excepciones que son del dominio público:  Benito Juárez, Francisco I Madero y Lázaro Cárdenas. En esto no hay polémica. Otros han sido polémicos, populares, algunos con logros específicos en ciertas áreas, varios más repudiados por sus gobernados, como fue el caso de los priistas Gustavo Díaz Ordaz y José López Portillo, o el propio Carlos Salinas de Gortari. Pero Vicente Fox y Felipe Calderón (PAN) no salieron incólumes, a éste último lo fustigan sus detractores por haber iniciado la guerra contra el narco.

Con aciertos, escándalos, yerros, amantes de la farándula, cantidades estratosféricas de palabrería, demagogia, ineptitud y una extensa variedad de ridiculeces, han desfilado por la titularidad del Ejecutivo federal, priistas, panistas y hoy, un morenista. Es por eso que, en épocas modernas, nadie de los que se han sentado en la silla presidencial puede sentirse ajeno a la innegable degradación que hoy vemos en la erosionada investidura presidencial cuyo socavamiento es vergonzoso.

Deshonrada sucesivamente en mayor o menor grado por los políticos que han jurado como presidentes de México, la alguna vez respetada y honrada figura presidencial ha venido a menos de forma estrepitosa, especialmente en los sexenios recientes. El mandatario actual ha colaborado de modo intenso a ello. Entre su espíritu ególatra, talante autoritario, afanes pendencieros y empeños demagógicos, conformó un coctel pernicioso que ha incidido negativamente al respeto presidencial.

Varias ocasiones, para eludir respuestas concretas y satisfactorias sobre temas espinosos o que disgustan al mandatario morenista, se ha referido a que debe cuidar la mencionada figura presidencial; nada más lejano de la realidad. El señor presidente, ensoberbecido, ningún cuidado procura a tan alta investidura, con sus dislates como “eso ya calienta”; “lo que diga mi dedito”, jugar béisbol y presumirlo en momentos que el país precisa de un mandatario de tiempo completo o el hecho de ir a saludar de mano a la señora madre de Joaquín “El Chapo” Guzmán.

No hace mucho, era impensable que se insultara públicamente al jefe del Estado mexicano como lo hizo el pasado martes en su cuenta de Twitter, Diego Fernández de Ceballos:

“Si López Obrador fuera un hombre de honor, sus acusaciones estarían sustentadas. Sin embargo, ha decidido no enfrentarme, quedando como lo que es: un difamador cobarde”.  

La agresión verbal del panista, excandidato a la Presidencia de la Republica, no es a López Obrador, es directamente al presidente de México quien desde ese alto cargo acusó durante su conferencia del 7 de mayo último a Fernández de Ceballos de conductas graves que atentan contra México.

Pero la virulencia con la que el panista respondió al presidente parece el culmen de la irrespetuosidad a la investidura presidencial que tanto alude el mandatario. Lo preocupante es que la conducta de Diego Fernández no es un hecho aislado, subyace en amplios sectores de la población, desde intelectuales, académicos, profesionistas, burócratas, estudiantes y obreros, hasta el ciudadano de a pie y amas de casa. Basta con que uno de los muchos adversarios del presidente de 126 millones de mexicanos externe sentimientos desfavorables para que se abra completamente la amplia puerta hacia el desprecio franco de la alguna vez admirada figura presidencial.

Cada vez que un presidente miente, engaña, insulta y se coloca a sí mismo como prioridad nacional, está rasgando más la multimencionada investidura. Y en tal comportamiento abyecto, quien se hace del poder en México empobrece el máximo cargo nacional hasta convertirlo en un burócrata de poca monta que disfruta los efímeros placeres sexenales a costa de los ciudadanos.

Y en general, las encuestas con cierto grado de confiabilidad reflejan, a dos semanas de “la madre de todas las elecciones”, un descenso sostenido en la aprobación de Andrés Manuel López Obrador que va de la mano con la investidura presidencial. La gente no es ajena al trabajo del tabasqueño en Palacio Nacional; tampoco le pasa desapercibido todo aquello negativo que obcecadamente se genera de forma cotidiana desde el poder presidencial y que incide en su imagen.

Así, el declive de la investidura presidencial, que inició hace muchos sexenios, se encuentra en el nivel más paupérrimo, es sólo fruto de una mala gestión que incluye pésimo manejo de la pandemia, desastrosos resultados económicos para las familias y los mefistofélicos niveles de violencia e inseguridad, así como los 10 millones más de pobres que dejará la pandémica enfermedad ocasionada por el covid-19. En las manos de la sociedad, mediante su voto, está restaurar el respeto y valor de la imagen presidencial al elegir gobernantes honestos y capaces. Ojalá se lleve a cabo.

@BTU15   

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