ANDARES POLÍTICOS: La estupidez de un presidente

Benjamín TORRES UBALLE

En el libro titulado Cómo mueren las democracias, de los profesores Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, de la Universidad de Harvard –al que ya me referí en otra colaboración- los autores señalan que las democracias ya no fenecen a manos de hombres armados, pues hoy pueden derrumbarse a “manos no ya de generales, sino de líderes electos, de presidentes o primeros ministros que subvierten el proceso mismo que los condujo al poder”. Una teoría de muy fácil comprobación.

Las protestas y disturbios en Estados Unidos por la muerte de un ciudadano afroamericano a manos de la policía de Minneapolis, la semana pasada, han  exhibido por enésima ocasión las profundas raíces discriminatorias de una sociedad venida a menos cuyo comportamiento hacia las minorías es absolutamente execrable. Pero si la generalidad de los estadounidenses no sale bien librada de su conducta hacia quienes provienen de otras razas, su presidente representa el peor ejemplo de ello.

Donald Trump es la antítesis de un mandatario democrático en una nación que alardea de ser ejemplo precisamente de democracia. Nada más lejano de la realidad. El republicano es la esencia misma del autoritarismo, de la torpeza política, y del racismo a ultranza que carcome a muchos políticos en la unión americana. Por eso, lejos de calmar las protestas legítimas de la comunidad a la que pertenecía George Floyd, -a la cual se ha unido casi todo el país y otras regiones del mundo-el hombre de color asesinado por un policía blanco que lo asfixio con su rodilla en el cuello, el mandamás de la Casa Blanca no ha dudado en atizar el fuego con actitudes y comentarios estúpidos.

Y las costos de haber elegido a un populista, ignorante, pendenciero e insensible las está pagando caro el pueblo estadounidense que creyó a ojos cerrados en las promesas demagógicas de un mercader metido a político, intolerable a la crítica, enemigo de los medios de comunicación y que no duda en utilizar el Ejército en contra de quienes protestan por el asesinato de Floyd.

Bien lo describen Levitsky y Ziblatt en su obra referida: “Los autócratas electos mantienen una apariencia  de democracia, a la que van destripando hasta despojarla de contenido”. Así piensa Trump, así actúa. No es de extrañar, por lo tanto, que llame idiotas a los gobernadores y les exija dureza para frenar la rebelión en las calles y luego, en un acto de hipocresía inconmensurable, se dirija a una iglesia y pose con una biblia. Ese es el dirigente que empoderó el pueblo norteamericano.

No obstante y como cualquier demagogo, intenta corregir sus graves dislates; este martes tuiteó:

“Mi administración ha hecho más por la comunidad negra que cualquier otro presidente desde Abraham Lincoln. Zonas de oportunidad aprobadas con @SenatorTimScott, financiamiento garantizado para HBCU’s, School Choice, aprobó la Reforma de Justicia Criminal, las tasas más bajas de desempleo, pobreza y delincuencia negra en la historia”.

Sí, leyó usted bien, se refiere a los ciudadanos afroestadounidenses como la comunidad negra. O sea, para los “supremacistas” blancos, aquellos ciudadanos siempre serán los “negros”.

Los “negros”, esos que enaltecen a la unión americana con su trabajo y dedicación, que dominan en el atletismo, el futbol americano, el basquetbol, el box, y destacan en el béisbol, el mundo del espectáculo además del arte y la política, entre algunas áreas, son menospreciados por el sector blanco de la sociedad que de manera enfermiza piensa que hay ciudadanos de primera y segunda.

“Los esfuerzos realizados en Estados Unidos por conseguir la igualdad racial en una sociedad cada vez más diversa han alimentado una reacción insidiosa e intensificado la polarización de la población. Y si algo claro se infiere del estudio de las quiebras democráticas en el transcurso de la historia es que la polarización extrema puede acabar con la democracia”, refieren Levitsky y Ziblatt.

Estados Unidos jamás ha sido ejemplo de la democracia que pregona. Hay pasajes oscuros en su historia que así lo demuestran. El asesinato de los presidentes Abraham Lincoln y John F. Kennedy, son una pequeña muestra; y las recurrentes agresiones policiacas a los norteamericanos de color, confirman el aberrante trato y la deplorable condición que, en pleno siglo XXI, padecen éstos.

Sin duda, quienes votaron por Donald Trump cometieron un error garrafal que solo podrán enmendar –si lo quieren- en las próximas elecciones. El presidente número 45 de Estados Unidos resultó un petardo no sólo para su gente, sino para el mundo entero. El que lo hayan tenido que resguardar en el bunker de la Casa Blanca no es buena señal para él, tampoco, que las virulentas manifestaciones sean las más intensas desde el crimen de Martin Luther King en 1968.

Todo indica que el cobarde asesinato de George Floyd, será también la tumba política de Trump.

@BTU15      

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