ANDARES POLÍTICOS: Las estampitas del Presidente vs. el coronavirus

Benjamín TORRES UBALLE

Como en un cuento de terror, el coronavirus se instaló en México. Hubo semanas para que el Gobierno preparara una estrategia de contención eficaz; no lo hizo. A cambio de ello se dedicó a restar importancia a la pandemia. Demagogia, chistoretes de mal gusto, conferencias que pocos creen, serviles funcionarios de Salud justificando al Presidente, y estampitas religiosas, dominaron.

Tal como lo habían advertido especialistas, y de manera contundente los dramáticos  casos de Italia y España, tomar con ligereza el Covid-19 tiene consecuencias desastrosas. Miles de muertos y contagiados en ambas naciones es el costo infame de autoridades omisas, negligentes y populacheras, pero también de ciudadanos irresponsables que ignoraron advertencias sanitarias.

No obstante, el Estado tiene la obligación ineludible de procurar, en primera instancia, el marco conveniente para que la sociedad respete las normas de higiene y convivencia que impida la proliferación de la nueva cepa del coronavirus. Pero en el país hemos visto a una administración federal lenta, envuelta en una retórica absurda y harto irresponsable para atender con diligencia al “enemigo de la humanidad”, como lo calificó la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Un Presidente saludando de mano al gentío, abrazándolo y, sospechosamente  deseando “comerse a besos” a niñas, es el peor de los ejemplos en el entorno de contagios que se presentan ya de manera exponencial. La conducta del mandatario contradice las recomendaciones de la propia Secretaría de Salud y de la OMS en el sentido de guardar la distancia y evitar los contactos físicos.

A pesar de las vergonzosas loas del subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud, Hugo López-Gatell Ramírez, al jefe del Ejecutivo, en el sentido de que éste no es fuerza de contagio sino fuerza moral, el tabasqueño está convertido a querer o no, en un potencial agente contaminador. Lo peor, es que la patológica necesidad de López Obrador por sentirse aclamado, pone en riesgo a sectores vulnerables del pueblo bueno que son llevados a los mítines organizados ad hoc.

El cuento de terror apenas empieza para los mexicanos. Con un liderazgo ubicado en la frivolidad, el panorama luce nada optimista. En particular cuando el sistema público de salud está a niveles lamentables por su pobre infraestructura, la escasez de medicinas, falta de equipo, incluso de personal suficiente y especializado para atender a los afectados por la nueva cepa del coronavirus.

Los casos de connacionales infectados y reconocidos oficialmente por las autoridades de Salud, sumaban hasta la noche de este domingo 316. El crecimiento sostenido de los contagios es alarmante. Al extrapolar el escenario mundial y aplicarlo a México hay experiencias positivas que deberían servir para que el gobierno las aplicara sin dilación; ahí están los casos de Korea del Sur y Japón.

Tampoco faltan los peros en el comportamiento de la población. Por ejemplo, en lugar de resguardarse, algunos ciudadanos acudieron el fin de semana pasado a las playas del bello pero muy violento e inseguro Puerto de Acapulco. (El Universal bit.ly/33Ctnia). Es evidente que el #MeQuedoEnCasa no es obligatorio para todos. Esto es campo fértil para  expansión del coronavirus.

Desde luego que las decisiones para decretar el cierre de lugares públicos, restaurantes y centros laborales, así como cancelar eventos masivos, entre ellos el muy popular futbol no es acto sencillo. Las consecuencias sobre la economía personal de los mexicanos y del país serán bastante serias. Pymes se verán obligadas a cerrar. Se perderán fuentes de empleo, los ingresos familiares, ya de por sí, pauperizados, se deterioran más, en tanto la recaudación tributaria disminuirá como consecuencia de la parálisis económica. Por lo pronto, especialistas e instituciones financieras, así como calificadoras, prevén que nuestro PIB se contraerá en este año alrededor del 4.5%.

Viene lo peor y el señor Presidente, amparado en la protección que sus estampitas y amuletos le proporcionan, se resiste a suspender giras al interior de la República. No es con citas religiosas o actos de fe como se incentiva al “pueblo bueno y sabio” para que se resguarde en casa y siga los protocolo elementales y necesarios de higiene que eviten la expansión del Covid-19.

Si el inquilino de Palacio Nacional no deja de escuchar a los aduladores que lo mal aconsejan o no se atreven a contradecirlo para orientarlo correctamente respecto a esta peligrosa pandemia que llegó para quedarse por tiempo aún desconocido, la factura a pagar será costosísima para él, pero también para no pocos ciudadanos de los diversos sectores sociales. Y no se trata de caer en pánico, de no hacer nada, como lo señaló este sábado AMLO en Oaxaca; se trata de actuar con máxima responsabilidad y congruencia. Por ahí debe empezar el Presidente.

Bien haría el máximo líder morenista en detener sus viajes de proselitismo y ajustarse como todo ciudadano a las normas establecidas para cortar la cadena de contagios. En esto no caben las politiquerías; nadie en su sano juicio quiere que la epidemia se eternice ni que le vaya mal al propio AMLO, mucho menos a nuestra nación mexicana. Lo que debe imperar es sentido común, en todos.

@BTU15

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