ANDARES POLÍTICOS: Los insultos al Presidente

Benjamín TORRES UBALLE

Son muchas las ocasiones donde el presidente Andrés Manuel López Obrador ha señalado que no necesita al desaparecido Estado Mayor Presidencial para que lo proteja, pues, según su convicción, “es el pueblo quien lo cuida” y, por lo tanto, “el que nada debe, nada teme”. Esto, en palabras simples, no es candidez, ni puede catalogarse como confianza, es una tremenda irresponsabilidad.

Y lo es porque la seguridad del jefe del Ejecutivo no es asunto de contentillo, de apostar a la buena fe y conducta de la gente, es un tema de Estado. Por eso resulta de vital importancia que en el primer círculo de gobierno den un giro radical a la forma en que se está cuidando al mandatario. Su llamada ayudantía, por cierto, carece de preparación y experiencia en labores de seguridad.

Una muestra es lo sucedido el lunes reciente en Palacio Nacional, donde un hombre (exconvicto, por delitos contra la salud, confirmó posteriormente la Fiscalía de Durango) se coló hasta el templete donde López Obrador daba su conferencia mañanera y pudo hablar con él durante varios minutos disque para exponerle una queja y pedir ayuda. Afortunadamente, según lo visto, no se acercó con alguna mala intención. La pregunta es ¿cómo llegó hasta AMLO? El asunto no es menor.

¿Qué sucedería si el quejoso hubiese agredido al Presidente? Las repercusiones en el país serían perniciosas en todos los sentidos. Como está el nivel de polarización en la República, la posibilidad de una revuelta no es baja. Protestas y desordenes sociales estarían a la vista. Seguramente se culparía a los adversarios y críticos del régimen obradorista. El peso y la bolsa de valores sufrirían las consecuencias, la salida de capitales incrementaría, las inversiones se frenarían, todo esto, aunque en el terreno de las especulaciones, dibujan lo importante que es la seguridad presidencial.

Más, si aún están frescas las imágenes del domingo último. Al desembarcar de un vuelo comercial de Aeroméxico, procedente de una gira, el presidente López Obrador fue encarado e insultado por algunos pasajeros. El primero de ellos, le dijo que “era un mal presidente” para luego gritar ¡fuera AMLO! Pero al menos otros cinco, sentados en las últimas filas, fueron más allá y lanzaron una serie de improperios que, a coro, recordaban a la mamá del tabasqueño. Una escena nada agradable.

Desde luego que los insultos al presidente de México no son para celebrar, aunque estos hayan sido festejados hasta convertirse en tendencia en las “benditas redes sociales”. No obstante, minimizar la crispación social y el profundo enojo social por los severos efectos que ha dejado la pandemia de covid entre la población, es un error político y una terrible insensibilidad. También lo es que el Presidente acuse a priori a las clases media y alta de ser las más groseras e irrespetuosas con él.

Intentar reducir a “gajes del oficio” político los insultos recibidos, es tratar el delicado tema de manera simplona. Aunque no es la primera vez que recibe ese trato, no debe convertirse en una rutina cada vez que el tabasqueño aborde un vuelo comercial. Si bien para dedicarse a la política es indispensable tener la piel bastante gruesa, esto no exenta que en el caso particular del Ejecutivo, deben tomarse, sin pretexto alguno, medidas más eficaces para evitar esa clase de “shows”.

Refugiarse en una falsa “austeridad” para exponer la seguridad del jefe del Estado mexicano, es inaceptable además de falaz. No debió desaparecer, por mero capricho, al ya referido Estado Mayor Presidencial; ajustar su estructura, presupuesto y terminar con las inmorales prebendas de la plana mayor era obligado, claro. Pero debió conservarse ese cuerpo que contaba con la praxis de cuidar y proteger a los mandatarios. Exponer a López Obrador en su investidura presidencial, dejar su seguridad en manos de un puñado de incondicionales inexpertos, es un riesgo grave e innecesario.

Aquí no se trata de salir en defensa de Andrés Manuel López Obrador, el político morenista, que puede o no caer bien, es pedir que se cuide y se proteja al Presidente de México, no de las leperadas, sino de una posible agresión física que afectaría a la frágil estabilidad del país, a la socavada democracia y terminaría por arruinar definitivamente el endeble Estado de derecho.

Los hombres en el poder público no están exentos de abucheos, gritos y protestas de quienes discrepan de su tarea gubernamental; no lo están en ninguna parte del mundo, incluso en los regímenes autoritarios. Esto es inevitable. Lo que que sí es posible, es reducir al mínimo todo riesgo de un ataque directo que vaya más allá de ofensas verbales. Esto debe considerarlo el Presidente.

México no está para mártires, no los necesita. La nación precisa de un estadista, de un líder que logre resultados positivos para la sociedad en general. Y para eso es necesario que esté vivo. Riesgos innecesarios no significan más valentía ni abonan al mejor trabajo. Así deben entenderlo en Palacio.

@BTU15

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