ANDARES POLÍTICOS:Alfaro y Sheinbaum, diferente partido, mismas excusas

Benjamín TORRES UBALLE

Si algo necesitamos los mexicanos en tiempos tan complicados, es paz. Armonía que se dé, principalmente, como consecuencia del respeto al orden jurídico, a las normas de convivencia social.

Los hechos violentos del pasado jueves y viernes en Guadalajara y en la Ciudad de México, son consecuencia de la destrucción del Estado de derecho. El asesinato de Giovanni López en Ixtlahuacán de los Membrillos, Jalisco, a manos de policías municipales, detenido en principio bajo el ridículo argumento de no usar cubrebocas, no es sino la punta del iceberg de la profunda y permanente erosión a que han sido sujetas las leyes por quienes ostentan y ejecutan el poder.

Infinidad de casos por brutalidad policiaca han sido documentados durante años en la república mexicana. A pesar de que en tiempos recientes se modificaron las normas legales para castigar con rigor a los elementos policiacos que abusen de su autoridad, en la práctica esas disposiciones son letra muerta. Las atrocidades son toleradas y solapadas, de facto, por las propias autoridades.

Hoy, gracias a las redes sociales, es posible conocer las agresiones cometidas por los policías y hasta integrantes de las Fuerzas Armadas. Así sucedió en el caso Giovanni, donde un video permitió exhibir a los municipales que con lujo de fuerza arrestaron al joven albañil de 30 años y que, “casualmente”, falleciera mientras estaba bajo custodia de los “guardianes del orden”.

Esa clase de barbaridades a manos de los cuerpos policiacos, está presente por doquier. En Tijuana, Baja California, policías municipales fueron captados en video el 29 de marzo último, cuando uno de ellos, en una gasolinería, asfixió a un detenido ya esposado y tirado en el piso, al presionarle con la bota el cuello. Las autoridades locales sólo se pronunciaron hasta que la grabación fue difundida.

Para nadie es un secreto que la enorme mayoría de quienes ostentan una placa de cualquier cuerpo policiaco, la consideran una especie de patente de corso para extorsionar, golpear o amedrentar a la población. Así que, al gen de trogloditas que llevan, se agrega el aura de impunidad. Así vimos la patiza que varios policías de la ciudad capital propinaron a Melanie, una adolescente que yacía indefensa en el piso y que habría participado en las protestas y disturbios en Reforma y Polanco.

Hay un negro historial de la virulencia con la cual policías arremeten en contra de la ciudadanía, ya sea por órdenes o motu proprio, baste con recordar la actuación del cuerpo de granaderos durante el movimiento del 68. También, y en épocas no remotas, hay evidencias de que los policías de Iguala pusieron en manos del crimen organizado a los normalistas de Ayotzinapa, hoy desaparecidos.

Sin embargo, los furiosos comportamientos de quienes forman las agrupaciones policiacas, están alentados de manera intrínseca por los máximos niveles jerárquicos. Desde el momento mismo que un hecho ilícito cometido por un agente de la policía es tratado de minimizar u ocultar por dichos mandos superiores, se detona una peligrosa cadena de impunidad en perjuicio de la sociedad.

Que el gobernador jalisciense, Enrique Alfaro, después de lo acaecido durante las protestas, haya salido a ofrecer disculpas por los excesos de agentes ministeriales y algunos de éstos hayan sido consignados, no elimina los golpes e injurias que recibieron manifestantes, incluso, que varios de ellos fuesen encarcelados y sometidos a malos tratos, aunque luego se ordenó ponerlos en libertad.

Algo similar ocurrió en la Ciudad de México. Difundida en redes sociales y diversos espacios de los medios de comunicación, la agresión de al menos tres policías a Melanie, la joven de 16 años, el gobierno capitalino intentó un control de daños por medio de tuits. El mismo viernes 5, Claudia Sheinbaum, tuiteó: “La policía no está para reprimir al pueblo sino para darle paz y seguridad”.

Al día siguiente, la Fiscalía local cumplimentó órdenes de aprehensión en contra de un par de policías acusados de agredir a la adolescente. A decir de Sheinbaum Pardo, los elementos ignoraron las instrucciones de no caer en provocaciones ni responder con violencia. De ser el caso, esto solo confirma que ni a sus mandos obedecen los señores policías. Es decir, se van por la libre.

Pero lo verdaderamente importante subyace en las causas que generan la desbordada violencia imperante en el país: impunidad, corrupción, Estado de derecho real, pobreza, desigualdad, malos gobiernos y crispación social. Si a todo esto se agrega el encono patrocinado por quienes ostentan el poder, el resultado es un peligroso coctel que engendra sin remedio la polarización social.

Mucho bien haría a los mexicanos que en medio de las encarnizadas luchas, los distintos actores políticos se preocuparan más por la ciudadanía y se dejaran de los peligrosos discursos tóxicos que no abonan a la armonía y tranquilidad que tanto precisa México para salir de la medianía, del atraso, la pobreza, es decir, de la perenne estancia en la zona bananera, cortesía de los gobiernos.

@BTU15 

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