ANDARES POLÍTICOS: La resiliencia nuestra de cada día

Benjamín TORRES UBALLE

Melancólicas, a lo lejos se oyen las notas del Cielito Lindo y poco a poco la sonoridad de tan sentida canción de fama internacional, una especie de segundo himno de los mexicanos, se escucha cada vez más cerca. Treinta minutos tarda el ayudante del organillero en tocar a la puerta de mi casa para solicitar una cooperación e intentar sobrevivir en medio de la crisis pandémica, explica el joven.

La rareza de lo descrito es que sucedió la semana reciente y muy lejos de donde suelen escucharse tales instrumentos melódicos, principalmente en el Centro Histórico de la Ciudad de México, donde forman parte del ambiente cotidiano. No hay duda, la pandemia trastornó –al menos durante el tiempo en el que desarrollan la vacuna eficaz contra la nueva cepa del Coronavirus y sea accesible a toda la humanidad- los hábitos personales económicos, laborales, familiares y sociales.

Quedaron atrás las convivencias sin los temores a contagiarse del SARS-Cov-2 que hoy acechan a cada uno de nosotros. Reunirse luego del horario laboral con los compañeros de trabajo o los amigos para disfrutar de una extensa charla y unas cervezas, hace tiempo está vedado por la crisis sanitaria. La delicia incomparable de los fines de semana con sus respectivas y concurridas comidas familiares, hoy se ubican, para la enorme mayoría de nosotros en una grosera y muy dolorosa lejanía. Cálidos y apegados a la familia, es de lo que más resentimos en el país.

Cuando hemos superado las 50 mil muertes por la Covid-19 y nos dirigimos al medio millón de contagios reconocidos oficialmente –aunque expertos y ciertos organismos internacionales estiman al menos tres veces más de las cifras aceptadas por el gobierno- los daños ocasionado por la pandemia son profundos e irreversibles, tanto como la ineptitud y displicencia gubernamental. Mientras, los fallecimientos incrementarán las frías estadísticas y enlutarán aún a miles de hogares; las indolentes y demagógicas autoridades federales apenas esbozan la posibilidad de un plan “B”.

Entre la brutal incongruencia de quienes en el gobierno se niegan a usar el cubrebocas y la machacona insistencia de la publicidad oficial para alentar su uso, se envía un mensaje ambiguo y peligroso a la ciudadanía, es la causa de que mucha gente se escude en ello para evitar colocarse la mascarilla cuya utilización, ha quedado demostrado, es vital para evitar los contagios de Covid-19.

No cabe duda, la metamorfosis que hoy padece la sociedad mexicana, al igual que el mundo, replanteará, y de hecho ya lo está haciendo, el comportamiento de los pueblos. Así, veremos en su máxima expresión la resiliencia como actitud fundamental para adaptarse a los drásticos cambios que impuso de modo avasallador el coronavirus en su nueva y letal versión.

Bastantes han de ser los daños cuando sea posible hacer el balance de la era covid, una etapa que marcará para siempre de manera impía al menos a tres generaciones. Los millones de mexicanos que hoy se encuentran sin empleo y sin la esperanza de hallarlo en el corto y mediano plazo, darán testimonio de ello. También aquellos que perdieron sus negocios o empresas por el frenón económico y la inmoral falta de apoyos gubernamentales para preservar las fuentes de trabajo.

Si lo que hoy avasalla no deja una lección a quienes habitamos este planeta, para ser mejores en todos los sentidos, será, efectivamente, un lastimoso tiempo perdido. Pero a quienes más afectará será a los gobernantes ineptos, demagogos y populistas que, con sus decisiones erróneas e inacción en aspectos fundamentales, propiciaron el ambiente pernicioso para que miles de contagiados por el Covid-19 no tuvieran la atención adecuada y engrosaran la extensa lista de muertes.

Hoy, ya se extraña el modo de vida anterior a la llegada del mentado virus. Lo que parecía completamente normal dejó de serlo. Ir a la tienda de la esquina, al cajero automático, abordar el transporte público, hacer fila para realizar un trámite en alguna dependencia de gobierno o acudir al supermercado conlleva un ritual de cuidados extremos que, la mayoría de ellos resultan, por decir lo menos, bastante incómodos: cubrebocas, guantes, careta, gel, lavado constante de manos, y desinfectante en las suelas de los zapatos, son algunos de los hábitos en la “nueva normalidad”.

Sin embargo y como suele suceder, la solución para salir de la crisis pandémica está principalmente en manos de la población, no del gobierno, pues los intereses de éste y de quienes lo conforman son estrictamente políticos y los miles de muertos van en contra de sus proyectos personales como de grupo, lo cual exhibe, al mismo tiempo, las perversas incapacidades y profunda insensibilidad.

Dado el panorama nada favorable para la enorme mayoría de los 130 millones de mexicanos, todo indica que la palabra resiliencia, desconocida para muchos, deberá pasar a formar parte activa del vocabulario común e incluirla como acción para sobrevivir al tsunami que nos está azotando y al que algunos servidores públicos reconocen sin ambages “les cayó como anillo al dedo”.

@BTU15

(Nota: Imagen tomada de https://gramho.com/explore-hashtag/Organilleros)


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