ANDARES POLÍTICOS: ¿Morir de coronavirus o de hambre?, he ahí el dilema

Benjamín TORRES UBALLE

La dantesca crisis sanitaria causada por el SARS-Cov2, afecta en mayor o menor grado a toda la humanidad. Nadie está exento de infectarse con el virus. El riesgo es alto; también lo es el grado de temor, de enojo, de frustración de las sociedades que desean volver pronto a la “normalidad”, particularmente en aquellas naciones dominadas por la pobreza, como es el caso de México.

Cifras oficiales del Coneval muestran que en 2018, había 52.4 millones de mexicanos en pobreza, equivalente al 41.9% de la población, y 9.3 millones en pobreza extrema, un 7.4%. Más aún, el organismo detalla que las personas con ingreso inferior a la línea de pobreza por ingresos, totalizaban 61.1 millones, el 48.8%. La pobreza, tal como se ve, es una constante en nuestro país.

Es cierto, la pobreza está presente en nuestra nación desde tiempos inmemoriales, excepto en aquellos enquistados o favorecidos por el poder político, económico y eclesiástico. Incluso los movimientos sociales más trascendentales en la república mexicana, dejaron muchos y nuevos ricos.

Pero como en cualquier crisis o parto social, los sectores más afectados son precisamente los pobres, los vulnerables, esos que viven al día y sobreviven merced a empleos precarios o  a las “bondades” de la economía informal. Por ejemplo, se estima que más de la mitad de los trabajadores nacionales se desempeña en la informalidad laboral, sin ningún tipo de prestación.

Así resulta sencillo entender –que no justificar- por qué una parte sustantiva de la población comenzó desde hace varios días a romper el aislamiento social, especialmente en las grandes urbes, como el Valle de México, que rebasa los 20 millones de habitantes. A pesar de que en la Ciudad de México se concentra el poder político, económico, financiero y cultural del país, los cinturones de pobreza en ella cada vez se vuelven más violentos y asfixiantes para millones de ciudadanos cuyos exiguos ingresos dependen del trabajo diario, es decir, si no laboran, es muy difícil que coman.

Visto de esa manera, para tan importante sector de la sociedad no hay disyuntiva: o permanece en el encierro obligado y muere de hambre junto con sus familias, o sale a las calles para obtener unos cuantos pesos con el riesgo de contagiarse con el nuevo coronavirus. Tras un par de meses de paro forzoso, no hay virus que espante más que el hambre y la necesidad de sobrevivir.

Queda entonces en el aire la pregunta: ¿qué tan implacables debemos ser quienes conformamos el resto de la sociedad y que hemos seguido al pie de la letra las recomendaciones de las autoridades con el fin de evitar hasta lo posible que sigan incrementándose los contagios y muertes? ¿Debemos o no ser tolerantes con aquellos que han decidido, impulsados por la imperiosa necesidad de satisfacer medianamente el hambre de ellos y sus familias, salir a las calles a buscar el sustento?

¿Cuán válido resulta montar en cólera cuando descubrimos a una persona sin cubrebocas en el transporte público o haciendo fila para ingresar al cajero automático? Muchos dirán, y con justificada razón, que no se trata de los pesos que cueste la mascarilla, sino de responsabilidad y solidaridad con quienes observan, sin excusas, la sana distancia y el uso de esos protectores.

Resulta por lo tanto, que el dilema no es fácil de solucionar en un país tercermundista como el nuestro, donde la desigualdad es tan profunda como la estrechez económica en que viven los más de 53 millones de mexicanos, de los cuales, solo algunos reciben una bagatela de los recursos públicos a través de ciertos programas asistenciales con fines eminentemente electoreros.

México vive una de sus peores crisis en todos los sentidos. La sanitaria, va a tardar, pero al final quedará superada. Lo que preocupa a la gente es su economía y el aspecto laboral. Se calcula que el paro por el Covid-19, que dejó ya medio millón de desempleados (en el sector formal), alcanzaría por lo menos el millón de damnificados sin ingreso laboral, reconoció este domingo el presidente López Obrador. Pero las proyecciones indican que la cifra podría duplicarse en los  meses siguientes. Y falta considerar los muchos puestos de trabajo que se perderán en la actividad informal.

Hace mucha falta que el Gobierno deje de lado su pleito ocioso con los empresarios y se concentre  con estos, en buscar la forma de recuperar los puestos de trabajo que se perdieron y se perderán durante la pandemia, pues los efectos perniciosos amenazan con extenderse muchas semanas más. Lo que está en juego es la seguridad alimentaria y el patrimonio de muchísimos mexicanos y para evitarlo es necesario un liderazgo de verdad que olvide las mezquindades, odios y resentimientos.

@BTU15

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