Angel SAN JUAN
Hereda algo más que las complicaciones de una madre al dosificar los gastos del hogar, las dificultades de un adolescente a eso de los dieciséis, o la ardua tarea de predicar con el ejemplo en esa constante lucha por conservar valores.
Conlleva alcanzar algo más que la anhelada ubicación a lo largo de la mesa; anhelo frívolo de niño por conseguir el sitio que alberga el espectáculo del jefe de familia a la memoria y su recuerdo. Se desea con interés y a la distancia, la ausencia de quien la ocupa es motivo de aventura para conversar con autoridad y dirigir la conversación del día.
Se trata de una responsabilidad que concede a quién la hereda, cuna de valores, consejos, experiencias, cuestionamientos, discusiones acaloradas y reflexiones de temporada. No existe conversación alguna que escape de ella o comentario desapercibido.
El color, tamaño o característica en específico no evade encomienda alguna o comodidad en absoluto; su posición en definitiva resulta símbolo de autoridad o experiencia que acompaña las arrugas del rostro y de las manos.
Sí, ocupar el lugar en cuestión conduce privilegios e implica algo más que la conversación sobre la mesa. El mensaje oculto al horizonte de aquella mesa de madera engalana el amor de la familia y la confianza que se otorga.
Así es la silla que hereda un padre al hijo, en espera de nuevas aventuras y su próximo sucesor.
Descubre más desde Rosy Ramales
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.




